Friday, May 3, 2019

Bajeviro



Día 22

.- Llevan dos semanas sin venir al colegio, a muchos se les ve más delgados.

Ulli, nuestra compañera austriaca, voluntaria de Help2kids, lleva cuatro años colaborando con la escuela primaria de Bajeviro, desde la pasión de su formación en educación especial. Conoce muy bien a los niños, y sabe que muchos solo tienen dos comidas al día, su papilla de desayuno y su pasta de arroz con judías para comer, las que les proporciona el programa. Todos los días el mismo plato. Hasta el día siguiente. En casa sencillamente, no hay comida.

Por eso cuando el colegio se va de vacaciones por dos semanas, esos cuerpillos se resienten. Qué difícil rendir cuando apenas has comido y pasas el día entero en un aula sin electricidad, con un uniforme pegado al cuerpo por la humedad y un maestro que no sabe muy bien qué enseñarte.

Cuando empezamos a madurar la idea de ir a Tanzania, nuestro primer objetivo era poder visitar un colegio, y entender cómo funciona aquí la educación. No sabía muy bien como darle forma, hasta que me topé con esta ONG, que aceptó que fuéramos las tres como voluntarias, a pesar de vuestros siete y ocho años.



Nuestra ilusión era trabajar con los niños de Bajeviro hasta que, unas semanas antes de venir, nos comunicaron que justo el día que llegábamos, el colegio comenzaba sus vacaciones. Se nos truncaban nuestros planes, igual que se truncaba el alimento de muchos de estos chicos, lo que ni se nos había pasado por la cabeza desde nuestra cocina de Madrid.

Pero hoy el colegio reabre sus puertas y queremos dedicar la última semana a trabajar con ellos. Esta mañana rompemos nuestra rutina de ruta hacia el orfanato para llegar al colegio, realmente muy cerca de casa. Un camino sin asfaltar nos lleva hasta un cartel que reza Bajeviro - Wamato, el partner local de la escuela. Accedemos a un patio de tierra con una sencilla construcción a su alrededor, que alberga las ocho clases, una por grado. Vemos de lejos a los niños entre los barrotes de las ventanas como única ventilación.

Nos recibe Marina, una joven chipriota, directora del colegio y parte del equipo de la ONG. Nos cuenta que hoy es día de exámenes para los alumnos de sexto y séptimo, que han cambiado inesperadamente de fecha.

.- Con este gobierno nunca se sabe, - dice resignada.

Pasamos por las clases donde niños recostados de cansancio y aburrimiento se pelean con varias pruebas en hojas manoseadas, vencidos al calor y la humedad.


.- Es requisito del gobierno que retiremos todo el material de las paredes de clase para los exámenes - se excusa Marina. Para que no hagan trampa.

Marina parece cansada, está un poco ida y me da la sensación que le incomodamos. Nos asigna la clase de seis años, donde Ulli trabaja con los "slow learners", los de aprendizaje lento. La etiqueta se las trae, pienso.

Son 79 niños en clase con la maestra. Sí, setenta y nueve. Pero si solo eso fuera lo peor. La maestra no tiene especial agenda para unos niños joviales y ávidos de aprender. No parece haber preparado nada para hoy. Y me temo que lo de hoy no es una excepción.

.- Sentaos aquí en esta mesa con los chicos cuando vuelvan del recreo, - os trata con condescendencia.

.- No, si hemos venido a ayudar, estamos bien aquí de pie - te posicionas Maite, con gesto de no darle importancia.

Julia te aferras a mi.



La maestra lo intenta una y otra vez, os manda al patio a jugar con ellos, pero vosotras os resistís.

Una niña de cuarto curso toca por fin al aire una antigua campana de mano como señal de que acaba el recreo. Los niños regresan al aula agitados, corren, chillan, se empujan, se tiran al suelo. Hasta que la maestra les llama al orden. Se sientan disciplinados en sus incómodos pupitres de madera, mirando de frente, esperando alguna instrucción.

.- Podéis recoger sus archivadores. Apuntad quien ha traído su carpeta después de las vacaciones, - nos pide.

Me da un trozo de papel arrancado para que tome nota de los nombres de los chicos y evidenciar a los olvidadizos. O a los que vuelven a casas sin alimento, donde no hay cabida para pensar en carpetas.

La maestra os propone corregir varios ejercicios de matemáticas de sus cuadernos.

.- Las correciones, siempre en rojo, muy importante, - puntualiza.

Hasta te acompaña Julia a otra clase a buscar un tercer bolígrafo rojo.

.- ¿Qué hago si tienen mal las respuestas? - preguntas Julia, horrorizada de condenar la auto estima de niños que acabas de conocer.

Pasa una hora larga y nosotras seguimos revisando cuadernos mientras la profesora mueve papeles de un lugar a otro, otorgándose aire de estar muy ocupada, sin saber realmente qué hacer. Una niña intenta borrar con su dedito índice una suma mal hecha en lapicero.



.- ¿No tenéis una canción para cantarles? - pregunta sin especial interés, más para salir del paso.

Echamos mano de nuestro repertorio de colegio americano, y nos venimos arriba con canciones de sumas y algún otro juegos de números. La iniciativa les entretiene, más que estar mirando al infinito, tal y como hacen gran parte del día. Pero me incomoda pensar cómo cada voluntario llegamos con ideas sin conexión, que dejamos a medias inexorablemente y sobre todo, que los maestros no hacen suyas. Y se acaban esfumando.

A Ulli le revienta.

.- Claro, aquí vienen unos días, cantan unas cancionistas, juegan un rato, dicen, "qué monos", y luego no sucede nada. Y hasta el siguiente voluntario.

Me siento mal porque tiene más razón que un santo. No hay más que verle sentada en el patio de arena, con su grupo de chicos que conoce a la perfección, a los que llama por su nombre y conversa en swahili, repasar números con unos ábacos verdes de plástico que acaba de traer de un viaje relámpago a Omán. Les habla con rigidez y les exige, en su tono rudo de austríaca. Porque les aprecia y espera de ellos. Los demás niños, cuando es la hora del patio, salen corriendo a ver qué maravilla sucede en ese rincón que acoge el aprendizaje. Ulli les sirve la papilla a todos ellos por la mañana, sentada delante de un gran barreño y relame finalmente su propia taza, en un gesto de empatía.

.- ¿Dónde comen? le preguntaba antes a Marina, visualizando un comedor de colegio repleto a la hora del mediodía.

Marina hace una mueca y nos señala el mismo patio donde juegan, bajo un sol intenso y la sombra de algún árbol. Allí, en fila y con su propio cuenco de plástico que traen todas las mañanas, esperan su plato de pasta de arroz con judías. Siempre pasta de arroz con judías. Con la suerte de tenerlo.



Una graciosa niña con trencitas me pide con un gesto jugar a las manos, el clásico juego de patio de nuestra infancia. Les enseñáis vuestro "Calipo, es el helado que te quita el hipo".

.-¿ Juegas conmigo?,- le preguntas Maite, buscando una conexión.

La niña de las trencitas se viene abajo con gesto de que aquello es muy difícil para ella.

Y yo, claro, ajena a su nombre, me quedo con la niña de las trencillas en uniforme. Como para ella,  también somos esas blanquitas que vienen y van.

Los niños comienzan a hacer un corro alrededor vuestro, con curiosidad, se amontonan, más y más, hasta estar literalmente encima vuestro.

.- Mami, no puedo respirar, - exageras un poquito Maite, aunque reconozco que la escena no es especialmente liviana.

Hace un calor de infierno. Intentáis salir de aquel agobio, pero los chicos se lo toman como un juego, y os persiguen por todo el patio, como abejas alrededor de la miel. Julia, te refugias con Nathalie, las dos tan discretas. Maite, no te dan tregua y te persiguen. Huyes y corren detrás tuyo en bandada. Pierdes tu chancleta. Un niño de los cursos mayores toma la iniciativa.

.- Teacher - así llaman a todo adulto en contexto educativo - dime qué necesitáis, que yo se lo traduzco.

.- Te lo agradecemos, le digo. Mira, que nos encanta jugar con ellos, pero que nos gustaría tener un poquito más de espacio si es posible - le pido en tono suave y conciliador.

El niño aprovecha sus ganas de soltar un rapapolvos a los más pequeños y se recrea en una charla en swahili al más puro tono hitleriano, apuntándoles con el dedo a grito pelado. Los niños reaccionan y parece que toman distancia. Mi estilo Montessori no debe de funcionar mucho por estos lares.



Esa tarde, mientras trabajaba conectada a Estados Unidos, recibo un mensaje de Erik.

.- Tenemos una reunión de urgencia sobre Bajeviro por la noche en la sede de la ONG. ¿Puedes venir? Es importante.

El imprevisto me parte, tengo mucho tomate de trabajo y se lo hago saber, pero me insiste en que vaya si es posible.

.- Tengo una reunión justo antes con Marina y Binta, la Directora del programa en Tanzania, - sentencia.

Parece serio sí. Así que decido cambiar de planes y cruzarme la cuidad ya de noche cerrada para ir al Friendly Gecko. Es tarde ya, así que os quedáis con papá, que es nuestra última semana y luego le echaréis de menos.

Hoy han venido algunas personas del gobierno a supervisar exámenes, y Ulli nos había contado que el gobierno se opone a que los voluntarios tengan especial iniciativa en las aulas y les limitan a ayudar a los profesores a corregir ejercicios.

Ya la he pifiado con tanta cancioncita, verás, pienso de camino.



Nos recibe el equipo con cara descompuesta.

.- Hemos recibido esta mañana un email de Mama Chua, de Wamato, donde tras una historia rocambolesca de estafa y corrupción de los propios profesores a los padres de colegio, nos insta a abandonar el centro para siempre en 24 horas. Después de siete años de proyecto compartido.

Tras una investigación de meses, el Director y dos profesores, cercanos a Mama Chua, fueron despedidos justo antes de las vacaciones, decisión que ella desaprueba. Una decisión a cal y canto que pone fin a seis años de liderazgo de este proyecto en Bajeviro, donde la ONG gestiona la escuela, financia los sueldos de los profesores, y dirige el programa de comida y salud.

Cuatrocientos noventa niños abandonados a su suerte. La ilusión truncada de Ulli de empujarlos a un futuro mejor.

Llevo apenas tres semanas como parte de esta pequeña comunidad, pero muero de pena y desconcierto. Las palabras se entrecortan, los minutos de silencio son eternos. Hago muchas preguntas, intento entender. Me entrego a la indefensión de una sociedad negra que se niega a que vengamos los blancos a solucionarles sus problemas. Y quizás tengan sus razones de peso.

Ulli está en shock. Hasta que rompe a llorar. Como tragándose el llanto. Durante una hora larga.

.- Solo quiero decirte que hoy te he visto en el patio, entregada con los chicos con los ábacos, y has sido una gran inspiración para mi. Tienes que estar orgullosa de todo lo que has hecho, - le digo en bajito.

A Ulli no le consuelan lo más mínimo mis palabras. Porque no hace todo esto para sentirse bien, sino con la profunda voluntad de sacar a esos chicos de la rutina de la papilla y la masa de arroz con judías el día de mañana.

Vuelvo a casa muy tarde y Maite, te has dormido preocupada con los intriga de la reunión de urgencia. Me oyes llegar.

.- Mami, ¿está todo bien? ¿Hemos hecho algo mal nosotras?, - me preguntas entre sueños.

.- No, cariño, todo está bien. Mañana os cuento.

Y la verdad, no tengo ni idea cómo os lo voy a contar.



Tenemos la mañana siguiente para vaciar despachos, repartir material y despedirnos de los chicos. Nosotras apenas hemos estado aquí dos días y no hemos tenido la oportunidad de conectar realmente con los chavales, de conocerles por su nombre, como con Angelina, Happiness, Issa, Wiston, Cigna o Evaristo en el orfanato. Pero me angustia la incertidumbre en la que quedarán estos niños, ya no solo en su educación, sino en su acceso a la comida y a la salud. Y la de estos maestros, que no saben quien pagará sus sueldos a partir de mañana, y que quizás quieran dar lo mejor de sí, pero no saben cómo.

.- Pero mami, no lo entiendo, - te indignas Julia por la mañana, de camino a Bajeviro en nuestro bajaje.

Yo tampoco, preciosa.

Emmanuel nos da aire freso y un tinte de esperanza. Maestro joven de segundo grado, tiene energía y voluntad por mejorar en su profesión. Le miro con prudencia, porque me cuesta calarles realmente. No es fácil entender quien tiene realmente interés y quien lo finge. Hasta alguno de los profesores despedidos por fraude eran personas de confianza de la organización y de Ulli también.

Tocamos la tristeza y la frustración que despierta la traición a la confianza.



Hoy la clase de segundo tiene sus sesenta alumnos, menos masificada que la de Infantil, con la que trabajamos ayer. Pero los chicos de quinto están sin profesor, no sé muy bien por qué, así que Emmanuel los acoge también hoy. Otros sesenta. Los mayores no hablan inglés porque hace tan solo tres años que el idioma se ha introducido en la escuela, con la intención de prepararles para la escuela secundaria, donde ya todas las materias son en inglés.

No sé cómo, pero caben los ciento veinte, todos juntos en este aula. Sentados en sus viejos pupitres de madera, se acurrucan los unos contra los otros. Y nos miran con hambre de aprender. Sacamos de la chistera la canción de los números. Maite lideras el cotarro, tú en tu salsa. Julia, disimulas tu timidez dirigiendo mi mano en la coreografía como si yo fuera un teleñeco. Los chavales se tronchan de risa y nos acompañan con energía. Habituados a recitar de memoria en tono militar, se permiten divertirse en la que será nuestra última mañana.

.- ¿Me escribís por favor la canción? - os pide Emmanuel.

La repetimos una y otra vez a coro hasta tener la mejor versión.  Emmanuel graba un vídeo para poder recordarla cuando nos hayamos ido. No me atrevo a hablar de que hoy es nuestro último día, porque no acierto muy bien a entender quien piensa qué y si realmente les da pena que nos vayamos o quedarán aliviados.



Pienso que, igual que nosotras, han pasado por aquí decenas de voluntarios, que van y vienen, aportan alguna idea suelta, pero sin especial conexión, y se esfuman, dejando una nubecilla, como en un cómic. Y los niños se quedan aquí, hacinados en sus pupitres, mirando ansiosos a la puerta nuevamente hasta el siguiente estímulo.

Estos blancos que vienen, nos sonríen, nos divierten pero que son prescindibles al fin y al cabo. Y luego están los maestros, los importantes, los de los bolígrafos rojos que corrigen y tachan, los que escriben de espaldas en la pizarra y nos exigen que nos callemos. Porque es lo que tenemos que hacer, imagino que piensan.

Vemos pasar a Ulli con montañas de juegos que salen del despacho de Marina y han decidido repartir a los profesores antes de irse. No doy crédito a la cantidad de material abandonado en los rincones. Realmente nadie sabe qué hacer con él.

.- Quizás, para el futuro, deberíamos guardar todo el material en el Friendly Gecko, - me comenta Nathalie con razón.

Nos agobia un poco tanto caos, es complicado generar un cambio y saber por dónde empezar.



.- ¿Nos cantaríais a nosotras una canción en swahili? - le sugiero a Emmanuel, con intención de vivir el presente, que es lo que nos queda.

.- ¡Claro! - reacciona entusiasmado.

 Propone a los chicos cantarnos la versión Bajeviro de Malaika como despedida. Emmanuel sin saberlo me regala un viajecito a mi juventud.

.- Malaika, nakupenda, Malaika. Mi princesa, te quiero, mi princesa, - lloraba su autor a un amor imposible.

La carne de gallina.



Nosotras marchamos antes de que Marina reúna a todo el colegio para dar la noticia de que hoy será el último día de la organización después de seis años. Traspasamos la valla de Bajeviro con tristeza e indefensión, sin haber generado un vínculo real con esas decenas de niños que nos perseguían incansablemente por un patio de arena y que repasaban las líneas de nuestra piel con curiosidad.

.- ¿Pero entonces no tendrán colegio al que ir? - preguntáis desconcertadas.

.- No lo sé, nadie lo sabe hoy.

Me quedo con Bajeviro como la nebulosa de un sistema arcaico, pesado y lento como un elefante, con ojos ávidos de aprender y energía a raudales, pero sin rumbo definido, como velas con brillantina en una tarta de cumpleaños que prometen, pero que acabarán apagándose. Y que tristemente cultivarán la misma espiral para la siguiente generación.



Esta es la semana de las despedidas. Hemos quedado en ir a ver a los chicos del orfanato un último día, aprovechando que el uno de mayo es festivo y ellos están en casa. Volver allí es un remanso de paz. Retomamos los momentos de miradas francas y conversaciones serenas.

.- Uy, Leyre, a ver si encuentras a Maite y a Julia, ¡no están! bromea Cigna con esos ojos vivos de haberlo visto todo.

.- ¿Donde estarán?... les sigo el juego mientras las chicas me conducen por primera vez a sus habitaciones.

Os escondéis detrás de la puerta. Como siempre. Dos habitaciones con literas limpias y ordenadas me hacen pensar que nuestras chicas descansan bien por las noches, aunque no tengan el cuento de sus padres o el beso de buenas noches. Se tienen a ellas, y como todo niño, viven con relativa normalidad la realidad que les ha tocado. Confío en que saldrán adelante. Tienen magia.

.- ¿Volveréis?

.- Nos encantaría.

.- Pero cuando venís, ¿en Junio? . me agarra del brazo Francisca, impaciente.

.- No lo creo, pero intentaremos volver. Algún día.



Se me hace un nudo en la garganta. Nos hemos sentido tan en casa que se me olvida donde estamos. Creo que ellos nos dejarán más huella de que la que nosotras les dejamos. Nuestro egoísmo me incomoda un poquito.

Gracias chicos de Kunduchi. Sois la bomba.

Y en una vida de contrastes, hoy Ana, Sunday y Papi vienen a buscarnos al orfanato para ir a casa de Tanya, dueña de la ONG en la que trabaja papi, que nos ha invitado a una barbacoa. Tanya y su marido son propietarios de una gran empresa de distribución de material de construcción. Intuyo que una barbacoa en el país de las carnes desoladoras asoma cierto privilegio.



Tres imponentes baobabs vigilan la entrada de la finca. Nos abren la valla dos masais perfectamente uniformados. Tanya, con sus 55 años y su marido Hamish de 62, nunca tuvieron hijos, pero viven con varias familias de masais y apadrinan a un total de treinta niños, de los cuales muchos viven discretamente en la propiedad. Luego aprenderemos que los masais son normalmente los encargados de vigilar las propiedades, por lo visto porque son especialmente leales a su dueño y a la vez pueden ser muy agresivos, un instinto de supervivencia que han desarrollado de vivir con leones.

No damos crédito. La casa de Tanya y Hamish es un auténtico museo de esculturas africanas, con estancias al más puro estilo Memorias de África, y una piscina desbordante sobre una playa privada donde una escultura de piedra de un cocodrilo mira de reojo al índico. Nos cuentan una historia de resiliencia, de la vida de un blanco en África a lo largo de los años. Nacidos en Rhodesia, la antigua Zimbawe, de familias tabacaleras medio británicas-americanas de origen, tienen en Cape Town su segunda casa y llevan estos veinticinco últimos años en Dar es Salaam.


Hamish es uno de los apenas 250 blancos de nacionalidad tanzana en el país. Cuenta que para obtener la nacionalidad pasó 39 entrevistas, de las cuales le cancelaron 18 después de horas de espera. Nos hablan de sus inicios, de un disparo en la cabeza cuando era joven, de sus fracasos, de comer arroz en la calle, de historias de estafa y de corrupción. Lo cuentan con la fuerza de quien lo ve desde la distancia y el aprendizaje. De quien ha conseguido el éxito por no haberse rendido. Y hasta lo dibujan en una línea de la vida.

Te doy ideas, Julia.

.- Mira, a mi me gusta escribir, pero otra manera de recordar es dibujando, tú que eres la artista de la familia.

.- Mami, yo quiero tener un blog.


Hamish te enseña Maite a hacer piruetas en su piscina.

.- Me encantan estas niñas que se te plantan de frente. Te observan y te imponen con su mirada.

Viniendo de Hamish, es todo un cumplido.

Hoy le hemos cantado cumpleaños feliz a Papi en las mini oficinas de Nipe Fagio en las que lleva trabajando estos dos meses. Lo que nos ha costado encontrar una velita para soplar, hasta que ha aparecido una en un cajón en casa de Tamada y Adela, las vecinitas que habéis conocido estos últimos días. Al regresar, les hemos devuelto la vela al cajón.

Aquí cada pequeña cosa tiene su valor. Espero que no se os olvide pronto.



Han pasado 555 horas desde que llegamos según tu cronómetro, Maite. Es hora de volver. A casa. A donde habéis tenido la suerte de nacer. A donde la sensación de suerte se esfuma en la rutina. Suerte de poder abrir el grifo y bebe agua potable, de poneros enfermas y tener medicinas, de sentir hambre y tener alimento, de poder aliviados del calor y arroparos del frío, de tener un colegio que os ayuda a crecer de una u otra manera.

Y la vez pensamos en la suerte Didi, de tener medicinas tan cerca en el bosque y fuerza en las piernas para trepar baobabs, en la de los niños de Bajeviro, de Kunduchi y del orfanato por apreciar las pequeñas cosas, suerte de los que van a trabajar en bajaje con el viento en la cara, y en los niños de Selous por vivir tan cerca de las jirafas y los elefantes.

.- No nos queremos ir, - decís por fin con añoranza de lo que ya es un cachito de mundo, un poco vuestro también.

Volveremos. Vuelve pronto papi.


Monday, April 29, 2019

Selous


Día 17

.- Mami ¿quien es el animal más débil de la selva?

Siempre tienes esa capacidad para sorprenderme, Julia, con preguntas que yo ni me había hecho. Os anticipaba que quizás veamos a algún animal comerse a otro estos días. Que no hay que estar triste por ellos, es la ley de la selva, en la que el fuerte se come al más débil, y así en cadena.

Ni había empatizado con quien sale perdiendo sí o sí.

Con fe ciega esperamos a un conductor en casa hoy a las siete y media de la mañana. Es la única instrucción que nos ha dado Erik ayer para los tres días que tenemos por delante. Nuestra intención, explorar la Reserva Natural de Selous, un parque seis horas al sur de Dar es Salaam, lejos de la popularidad de Serengeti y Ngorongoro, mucho más alejados también. Papi ha propuesto alquilar un coche y conducir él, pero visto el estado de las carreteras en época de lluvias, los últimos percances y las señales que brillan por su ausencia, nos entregamos a la prudencia, que somos padres de familia.




Salum llega puntual a su cita. De momento tenemos conductor y un coche de safari. No vamos mal. Cuando pensábamos que tomaríamos carretera a Selous, Salum nos lleva a su oficina en el centro de la ciudad para formalizar el pago. En el bullicio de la mañana, un hombre con aspecto resacoso sigue insistente a una mujer que conoce, delante de nuestro coche aparcado ya. Dos hombres miran el infinito sentados en un minúsculo banco de madera hasta que aparece su dueño y se lo arrebata de mal humor, para apilarlo junto a otros trastos de madera frente a su comercio. Nosotras nos quedamos en el coche mientras papi va a la oficina, estoy a mil ojos esperando que nadie nos invada la intimidad. 

Papi vuelve por fin.

.- ¿Nos vamos ya?

.- Nos queda un pago pendiente, no aceptan billetes de dólares más antiguos del año 2000. 

Estas pequeñas cosas que no están escritas en ningún sitio hasta que te topas con ellas.



Recuerdo que Erik nos dijo que tenían un link para pagar con tarjeta de crédito así que le tomo el turno a papá y me acerco a la oficina. Me tapo los hombros con mi foulard beige y doblo la esquina. Diez ancianos con su kufi charlan animados, sentados en una acera. Accedo a un callejón derruido, con cajas y basuras amontonadas. Entro en una oficina minúscula y sofocante de calor, en la que un tipo con gafas empañadas me cede un ordenador más antiguo que mi billete rehusado para que pueda formalizar un pago online. Todo parece muy moderno, si no fuera porque su pegajoso teclado no tiene ni arroba.

Cuando por fin tomamos el coche para salir de la ciudad, veo que Salum ralentiza el motor al paso de la calle de las carnicerías. Hay que verlas. Piezas de carne desoladas colgadas de pinchos roñosos con nula refrigeración se exhiben en uno y otro comercio. A ver si salimos pronto de aquí, pienso. 

Salum se para definitivamente en el arcén.

.-Esperamos a mi jefe, que está comprando la carne para vuestra comida este fin de semana.

Entro en pánico.

.- Es que, no... os lo habíamos dicho, somos vegetarian...

La visión del hombre de las gafas empañadas con una bolsa de plástico blanca llena de carne interrumpe mi declaración de intenciones.

.- No te preocupes, mujer, que la carne es fresca del día, - se ríe de mi preocupación. Es que el pescado no está en buenas condiciones. 

Me entran los siete males.



Salir de Dar es Salaam es toda una odisea de horas atravesando barrios saturados de tráfico y mercados callejeros. Con mi mente bloqueada en la bolsa de carne, me olvidaba de ti, Julia, sufriendo en el asiento trasero.

.- Necesito ir al baño, - con esa vocecita discreta y temblorosa. 

Como si fuera fácil encontrar aquí un baño en condiciones razonables para aliviar tu tripita, castigada por esas brasas que no se lo comen todo.

Hacemos un alto en el camino en Tibiti para el almuerzo en un restaurante local. Su pequeño comedor de manteles masais es el espacio más limpio de todo el poblado. Por una minúscula ventana de madera asoman la cabecita dos cocineras. Nos ofrecen pescado para comer. Yo me aferro a un plato de patatas fritas, papi se aventura con algo de verdura y vosotras coméis un plato de arroz con patatas con vuestras manos. Me asomo luego a la cocina donde cuatro mujeres remueven cacerolas en el suelo, mientras airean unas raquíticas muestras de algo que llaman tilapia. 

Este fin de semana voy a sufrir a lo occidental.


Tras seis horas de camino, llegamos a nuestro campamento, un discreto alojamiento a la entrada de Selous que, de hecho, está cerrado por época de lluvias. Una piscina en construcción nos deleita con las mejores vistas a montañas de ladrillos, tierra y material de obra. Hace un calor de infierno y nuestra tienda de campaña, del tamaño de una habitación, es un hervidero desolador en el que se cuelan los mosquitos. Un ruidoso generador escatima electricidad entre las seis y media y las diez de la noche. No sé cuanto vamos a descansar este fin de semana. 

Todo el pueblo se moviliza para recibirnos. Y Salum se estresa.

.- Tenemos que concretar la comida para estos días porque había pensado en prepararos carne sobre todo. ¿Qué vais a comer?

.- ¿Qué opciones tenemos? pregunta papá.

.- Pues... ¿carne?

.- Es que mi mujer es vegetariana.

Acabamos negociando un menú a base de arroz, pasta y patatas fritas. De libro para la operación bikini. Pero mejor rellenita que intoxicada. 

Salum nos lleva a un embarcadero donde nos espera un barco para recorrer el río hasta el anochecer. Ahí veremos que estamos solos en la reserva, ya que todos los alojamientos al borde del río están cerrados a cal y canto.


Hemos conocido especies fascinantes y coloridas de pájaros, pero reconozco que, aunque me hace gracia verlos, no me despiertan grandes emociones. En cambio me fascina como vosotras recorréis las páginas del libro de pájaros con nuestro guía local buscando las especies que nos vamos encontrando. Observo y disfruto a través de vuestros ojos. Varias familias de babuinos nos escudriñan con gracia desde lo alto. Estos sí me despiertan ternura, más que los monos de testículos azules que se comen la comida de nuestra basura a la puerta de casa.

Parece una tarde tranquila en el barco, hasta que oigo una vocecita.

.- Necesito ir al baño ahora, - con gesto compungido Julia.

Acercamos la barca a la orilla cerca de uno de los resorts abandonados por el resto de la temporada donde alivias, pobre, tu tensión. Nos bajamos todos del barco, pero no tengo claro cómo de cerca pueden estar ya los animales en esta zona, así que no quiero aventurarnos demasiado y regresamos a nuestra embarcación.



Por fin río abajo, nos encontramos con los hipopótamos, aquellos "pípamos" que tanto te costaba pronunciar Julia cuando ibas a clase con Pepa y Elvira. Llevamos tanto rato en el barco que para cuando los avistamos, Maite, ya has convertido la cuerda de los prismáticos en un juego de manos de nuestra infancia, y estás más atenta a a enrollarla en tus dedos y ver qué nueva forma recoge tu contrincante en sus manos, que al ruido sórdido de estos bichos barrigudos. 

Paramos en un pequeño islote ya con la puesta de sol que chafarán las nubes, para saludar de cerca a otra gran familia de hipopótamos y ver de lejos a un cocodrilo que descansa en la orilla. Julia avanzas inconsciente con paso firme y curioso hasta que papá te para los pies. Maite, entras en pánico. El cocodrilo nos siente y se arrastra refugiarse en el agua. Nos acercamos para ver la huella que ha dejado en la arena, mientras nos mira de reojo desde el río. 


De noche de vuelta al campamento, hay sopa para cenar.

.- ¿La has probado?, pregunto desganada a papá.

.- No me atrevo.

Vosotras tenéis pasta, con salsa boloñesa de nuestra carnicería de aquel callejón de la ciudad. 

.- ¿Me pones más boloñesa, mami? con ese estómago a prueba de bomba que tienes, Maite.

.- ¿Segura, preciosa? hago de tripas corazón. ¿No la quieres con margarina?

Salum se sienta con nosotros y nos explica como su pueblo, en el que se asienta el campamento, estaba al otro lado del río hasta que hace unos años la lluvia lo arrasó y el gobierno lo reconstruyó a este lado. Comienza a contar historias interesantísimas de las tribus autóctonas pero yo solo te veo, Julia, desfallecida, buscando reposar tu cabecita sobre mi.

.- Me estoy mareando.

Claro, que la alternativa es volver a esa habitación espesa y entregarnos al calor y a los mosquitos. 

Creo que nos hemos venido arriba con una opción de alojamiento básico en mitad de la selva, como únicos turistas en kilómetros a la redonda y con una niña de siete años con el estómago delicado. Pienso que estamos construyendo resiliencia para el futuro y se me pasa un poquito. 

Nos espera un largo día de safari por Selous, con el privilegio de explorarlo solos. Solo nos cruzamos con dos camiones repletos de locales que están construyendo una planta hidroeléctrica en mitad del parque, que promete electricidad para el país pero amenaza con destruir parte de la fauna local. Vemos arboles cortados y quemados en el camino, que nos empapan el día de cierta tristeza.



Nos reciben decenas de jirafas que sacan su lengua a las acacias o corren con belleza a cámara lenta. Los ñus acompañan a las cebras y huyen enfurecidos de la nada. Otras vez jirafas, contamos una a una hasta ciento cincuenta jirafas. Las gacelas pasean a sus anchas por la selva. Parece que hay poca amenaza. Por lo menos el león se resiste y eso que los trabajadores de la hidroeléctrica nos avisan que han visto a uno descansando cerca de un puente.

Salum recorre la zona una y otra vez sin suerte, pero con tanta insistencia, que acabamos pinchando la rueda de nuestra Range Rover justo delante del lugar donde fue avistado el león. Por si acaso le da por volver. No tendremos esa suerte. Después de una hora entregados a la reparación, entre alivios en la naturaleza que me tensionan más a mi que a vosotras, concluimos que nuestro rey de la selva debe de andar lejos ya.


Una avispa se cuela en nuestro coche y Maite entras en pánico.

.- Vamos a ver, cariño, por centrar prioridades, si vas por la selva, y tienes un león a la izquierda y una avispa a la derecha, ¿por donde irías?

Calmas tu miedo para ofrecerme la obviedad.

.- Pues recto, mami.

El día es eterno, Julia no puedes con tu alma y a mi se me cae la mía de verte vencida al sueño en el asiento del coche, ajena al bebé cocodrilo o al gracioso facócero con el que cantamos Hakuna Matata.


Contamos los minutos que nos quedan para volver a casa en Dar, y refugiarnos, sin grandes lujos, en una cama cómoda, aire acondicionado y comida que podamos preparar. Nos vamos sin ver los elefantes y el león, pero ya nos rendimos ante el azar de la naturaleza.

Hemos quedado en hacer un paseo por la selva al amanecer y aunque no tenemos demasiadas expectativas, le damos una última oportunidad. Salum nos lleva por la mañana hasta la entrada de un camino, donde nos recibe Didi, una caricatura de un personaje tribal con taparrabos incluido, junto con un tipo de aire despistado con atuendo caqui de guarda de la selva, portando un fusil. La combinación de fusil y despistado me convence poco.

Didi es un show. Tiene preparada una puesta en escena sobre la vida del hombre en la naturaleza que nos incomoda de entrada. Estamos los cuatro solos con él. Bueno, y con el del fusil al que vigilo de reojo. Al principio del camino hay un termitero de tres metros de altura, Didi la trepa, arranca un trozo, lo deshace en sus manos frente a nuestros ojos, y saca de su interior dos hormigas rojas.


.- Esto es proteína para nosotros. Si no hay más para comer y nos morimos de hambre, - exagera una mueca de dolor...

Toma un par de hormigas, deja que le muerdan el dedo, y frunce el ceño. Seguido se las mete en la boca, las mastica y se la traga, con gesto artificial de saciedad. 

Nos tiene desconcertados. Julia, no quieres ni mirar, tu cara es un poema, que oscila ente el asco y el rechazo.

Unos pasos más adelante, nos habla de los efectos medicinales de varios arboles que nos vamos encontrando. Para demostrarlo, se acerca a un tronco, pone sus manos a la espalda para evidenciar que solo usará su boca, rasga la corteza y comienza a comerse un cacho. Un buen cacho.

Sufrimos por sus dientes. Sufrimos por su estómago. Julia, te retuerces por el tuyo.


Pasamos cerca de excrementos de elefante que, nos cuenta Didi, las madres hierven para hacer una sopa con huevo, miel y ajo que ofrece los nutrientes necesarios a los bebés. 

Y mientras nos cuenta historias varias de supervivencia que no olvidaréis cuando estemos de vuelta en casa, no damos crédito a un cuerpo esbelto de gimnasio.

.- ¿Qué haces para tener ese cuerpo?

Papá todavía me está recordando la preguntita. No porque la oyera, que iba lejos por detrás, pero llevamos dos días hablando de Didi. Nos tiene fascinadas.

.- Sólo como alimentos naturales.

Anda ya. Este tipo se está quedando con nosotros. Pero tiene un algo que se hace respetar, a pesar de su pantomima.

Un imponente baobab se nos cruza en el camino. De su tronco cuelga una rama de unos diez metros que le permite a Didi treparlo en un segundo. Viéndole, parece fácil.



Desde lo alto, venera al árbol como conexión entre el hombre, los animales y los dioses. Invoca a la salud de nuestra familia y a la pronta recuperación de Julia. El teatrillo me viene de perlas. 

.- ¿Ves? el árbol que además tiene efectos curativos contra la diarrea y la magia de poder curarte. 

Julia, me miras escéptica.

Pero miráis también las dos a esa rama que cuelga, e interrumpís a Didi cuando se disponía a seguir el paseo.

.- ¿Podemos intentarlo?

Lo que parecía fácil en los brazos y piernas de Didi es realmente una hazaña de la que apenas lográis completar el metrito de vuestra propia altura, ayudadas con un empujón de papi. 

Julia, empiezas a creer en la magia de Didi. Y del baobab.



Dos horas después volvemos al inicio del camino escuchando los cánticos tribales que Didi nos va traduciendo.

.- Dice así, "niños sois afortunados de tener padres, pero si no los tuvierais, la naturaleza también os ha hecho fuertes".

.- Como Angelina.

.- Y Evaristo, mami.



Nuestro periplo en la selva llega a su fin. Nos montamos en el coche para emprender el camino de regreso y según nos despedimos de Didi a lo lejos, en perfecto tempo, como si estuviera preparado:

.- ¡Elefanteeeees!!! Hay una familia de elefantes abajo del camino!!!

Salum gira bruscamente el coche en dirección contraria sin mediar palabra. Llegamos de nuevo a la altura de Didi y nos bajamos corriendo, sin saber muy bien que hacer.

Didi se quita su máscara de showman, y en su versión más natural, más perfecta, como la de un padre que se ilusiona por un hijo, te toma la mano Maite y tira de ti con fuerza.

.- ¡¡Maite, niña, vente conmigo!! 

Salís corriendo sin avisar. Y detrás vuestro, sales disparada Julia, que has debido de guardar toda la energía de este fin de semana para este momento. Hacía tiempo que no te veía correr tan rápido. Papi te sigue, y yo detrás. En mi afán multitaréico, hasta alcanzo a sacar una foto del momentazo. 




Estamos cerca de otro lodge, también cerrado hasta el inicio de la temporada, con magnificas vistas al lago. Bordeamos una de sus cabañas para darnos de bruces con una familia de cuatro elefantes adultos y dos bebés, uno de ellos minúsculo. Maite, te saltas a la torera lo que debería ser una aproximación sigilosa.

.- ¡¡¡Mami, están aquíiiii!!! - con ese tono a pleno pulmón tan tuyo.

Los elefantes, hasta ahora tranquilos, se agitan con agresividad descontrolada a diez metros nuestros. No había pasado tanto miedo desde que dormí rodeada de diez búfalos en el Serengeti. Salimos despavoridos para protegernos detrás de una de las cabañas. El guarda despistado sigue con nosotros, pero me fijo que ya no lleva su fusil. No tengo claro dónde lo ha dejado por el camino. Manda narices. Salum y Didi toman control de la situación, no sé bien cómo, hasta que los elefantes se tranquilizan, tan solo cinco segundos después. Los más largos de todo el viaje. 



Continuamos observándoles comer de los árboles, ya en calma, pero todavía con el corazón agitado, a su misma altura, tan cerca. Y luego de puntillas y en silencio, subimos a un pequeño balcón de una de las cabañas deshabitadas, hasta verlos pasar en fila india para seguir su camino. Con ese gracioso bebé elefante que tardaréis en olvidar. Ajenas al peligro al que nos acabamos de exponer.

Así es el azar de la selva. Esta vez se nos ha resistido el rey, el más fuerte. Pero tú, Julia, que empatizas con el ser más débil de la jungla y has arrastrado estos días tu tripilla enferma por el bosque, regresas convencida de que el baobab debe de tener algo de magia, porque te ha devuelto la fuerza desde que Didi le pidió por ti y tú trepaste por él. Recuperada. Madre tierra.