
Hoy regreso
de Londres con mis peques a mi lado, dejando las luces de la ciudad al otro
lado de la ventana de nuestro avión, que tanto les entusiasma siempre. Ha sido
un fin de semana largo e intenso, de esos que dejan un sabor dulce en el
paladar del alma. Cierro los ojos según nos elevamos y cuento hasta diez, el
tiempo de mayor riesgo desde el despegue, dicen los expertos, y no sé si lo que
cuento son segundos o los besos con los que Julia, con sus tres años, acaricia
mi mano en afán protector. Siento cómo van llegando coletazos del ciclo inverso
de la vida en el que me empiezo a dejar cuidar por las personitas que tanto me
he volcado y me afano en proteger. Disfruto de ese cambio de rol momentáneo.
Porqué no. Amatxu también es débil. Imagino que eso le hace fuertes a su vez.
En
estos años hemos recorrido una versión de minimundo con las peques, mucho
dentro España, y algo fuera, siempre al ritmo que ellas lo han permitido a su
edad, pero hasta ahora habíamos evitado llevarnoslas en escapadas de ciudad
como la de este fin de semana. Cuando cerramos algun capítulo de un viaje, me
esfuerzo en recordar con ellas una y otra vez lo que hemos hecho y descubierto,
lo que nos ha ocurrido, como ese burro salvaje que corría detrás nuestro para
robarnos el pan, o la chuche que dejó el mago en el camino que subía al puente
suspendido, cuando ya creían que no les quedaban fuerzas, o ese ciclista que
retaba al tourmalet y al que gritábamos desde el coche, a pleno pulmón: ¨campeón,
tú si que puedes!¨ Ocurren siempre tantas pequeñas cosas en cada viaje, que
cuando al día siguiente les pregunto por ellas, la mayoría se han esfumado de
su recuerdo, y pienso que aunque no tengan la historia tan presente como para
reproducirla a mi antojo, son todas esas pequeñas vivencias las que moldearán
su visión del mundo. Distintos sabores, nuevos idiomaso acentos, normas
diferentes, cualquier anécdota es buena para cuestionarse la realidad en la que
viven y no darla por hecha. Crecer por fuera y por dentro.
Estaba
en Londres. Allí tocaba la cena de Navidad de la empresa, y como el año pasado
fue ya una escapada mano a mano, esta vez nos hemos decidido a explorar esta
ciudad con los ojos hambrientos de dos pequeñas princesas. Y con todos los
recuerdos que me trae Londres del pasado, donde viví hace veinte años, ay madre
veinte primaveras, además de los más recientes de las últimas escapadas estos años,
esta visita ha tenido un halo mágico, a pesar del frío y del viento, de una
ciudad oscura y gris que deja caer la noche antes de las tres de la tarde, y de
las limitaciones que supone planificar un día urbano con dos niñas de 3 y 5 años.
Quizás ha sido especial como cualquier escapada en la que estamos los cuatro
juntos, por la tranquilidad que supone estar con lo que llamo ¨mi metrito cuadrado¨, el espacio justo que
ocupan los cuerpos y las miradas de Javi, Maite y Julia, pequeña dimesión que
abarca todo cuanto necesito para sentirme en plenitud, y dejarme llevar al fin
del mundo, si existe.
Y aunque esta vez el plan de viaje estaba bajo
control, con una reserva de hotel gestionada por la empresa, me acabo viendo de
llegada, después de un largo día de trabajo y coles, en la línea Picadilly de
metro a las nueve de la noche, con Julia vencida por el sueño y retorcida en
uno de esos asientos enmoquetados, dos maletas... y sin hotel. Acabamos
consiguiendo una habitación en el Holiday Inn de Gloucester Road y, agotados,
engullimos una pizza grasienta en un café del barrio donde varios veteranos
disputan partidas de ajedrez contra relojes digitales con tintes de los años
ochenta. Uno de los tipos que parece dominar la partida a nuestro lado nos
cuenta que organiza el sábado en el Museo Britanico una partida de ajedrez con
un tablero gigante y piezas de un metro de altura, dentro de un proyecto de
acercar el ajedrez a los niños. Allí nos acercaremos ese día, donde veremos a
nuestro compañero de café que anoche tenía más bien tintes de vagabundo,
transformado en un mago de chaqué y chistera, envolviendo a diez niños de
varias nacionalidades en el mundo de los alfiles y las reinas, celebrando un
jaque mate por todo lo alto como triunfo de grupo. Poner los pies en el hall
del Museo Británico nos supone además una buena excusa para recorrer la sala de
África ilusionados con un itinerario educativo, diseñado para que los peques
descubran el arte desde sus inquietudes más terrenales, de colores, números y
formas. Mientras recorro la sala, me dan mucho que pensar unas sillas y un gran
árbol, ambos hechos con armas que la población ha donado a cambio de víveres,
en símbolo de voluntad de paz.
El afán de querer abarcarlo todo, como
si no hubiera un mañana, nos lleva hasta la Tate Gallery antes de la hora de
comer, en la otra punta de la ciudad, buscando alguna actividad distinta para
estas peques bajitas. Vamos con la expectativa de una sala chula de colores y
toboganes que hemos visto en internet, pero que no existe por lo visto ya desde
hace años. A cambio dejamos volar la imaginación con unos bloques de madera
enormes en las cristaleras de la cuarta planta, y descubrimos lo que será mi
actividad favorita del fin de semana. Unas pantallas permiten dibujar
con un pincel digital, facilitando el trabajo creativo de quien se sienta ante
ellas, con una paleta de colores en un proceso muy intuitivo, que al
dar por finalizado el dibujo, animan a reproducirlo como si fuera una pequeña
obra maestra, en una pared gigante en esa misma sala, poniendo en valor cada
creación individual. Sobre la pequeña pantalla parece un juego más de un Ipad, pero
cuando esos peques y no tan peques dan un paso atrás en la sala y ven su creación
sobre una pared gigante del Tate Gallery de Londres, con su nombre bajo el
cuadro, ¨Maite, Madrid¨, parece que la autoestima pide paso. Y con ella la
ilusión por crear.
Hemos hecho una escapada sin peques a las bodegas del
Stafford en Green Park, donde nos juntamos con el grupo de expatriados que
trabajan con Javi. Percepciones de vida se superponen de forma surrealista en
las conversaciones, en frente mío en la mesa, un joven padre de tres hijos que
ha enviudado recientemente de la manera más inesperada y trágica, junto a jóvenes recién casadas, risuenas y atrevidas que bromean sobre el efecto abrumador que cae sobre la
losa de la maternidad. ¨Mirad que cara de agotados tenéis, padres, en esta
esquina, y yo pensando en tener hijos, creo que me lo voy a pensar¨. Siempre que
participo en este tipo de conversaciones, pienso en la evolución del ser
humano, no creo que sea mejor ni peor ser o no ser padre, sobre todo porque
quien ya lo es nunca deja de serlo y por tanto es complicado poder comparar
realmente, tipo "lo he sido y prefiero no serlo", algo así como
prefiero vivir en Londres que en Madrid, para quien ha conocido ambas, en un
juicio en el que jugaría siempre la subjetividad, pero que por lo menos estaría
basado en una comparativa de experiencias personales.
Así que oigo estas conversaciones, cada cual
desde su realidad, y pienso en el padre viudo que tengo delante, que tiene
el mérito de escuchar con prudencia esas otras realidades, tan reales para cada uno como la
suya seguramente. Y él que estará supongo en otro estadio más allá respecto
a nosotros, que seguimos discutiendo por el mundanal runrún, ajenos a la
realidad de que un día, cuando quizás nos falte lo más querido, y digo quizás
porque o nos faltará o faltaremos nosotros, daríamos todo el oro del mundo por
compartir un trayecto más entre el British y el Tate, ese por el que refunfuñaba
yo esta mañana pensando en que sería mucho trasiego para las peques a una hora
delicada de hambre y sueño para ellas. Es triste e irremediable solo ser
capaces de ver y calibrar nuestro presente. Es la vida.
Una parada en el Museo
de la Ciencia nos lleva a descubrir el "Garden¨, un espacio para que los más
peques experimenten con agua, bloques, texturas, toboganes, y un espacio didáctico
para entender la construcción de puentes y la capacidad de resistencia, en uno
de los muchos talleres educativos que ofrece este espacio. En el Museo de
Historia Natural vemos dinosaurios gigantes, y sin darnos mucha cuenta, vamos
inyectando en Maite y Julia el gusto por la historia, la ciencia, el arte, que
engullen con asombro e ilusión. Una buena edad para cultivar ese espíritu, yo
por lo menos no recuerdo tener de lejos ese interés en aquellos años míos. Creo
que me quedé estancada en las historias de Caroline et Bruno.
El domingo nos tiene preparada una bonita sorpresa en la alfombra mágica del
National Gallery, que se desenrolla bajo un cuadro cualquiera de una de las
salas del museo, para contar una historia a través de la pintura, en este caso
de leopardos, princesas y serpientes de chocolate. Allí, unos diez niños, entre
ellos Maite y Julia, participan activamente en la creación de la escena que
tienen ante ellos, a través de sus cuerpos y su imaginación, mientras vuelan al
pasado sobre el tapiz que les acoge, antes de cerrar los ojos y frotar la
alfombra suavemente para regresar de un chasquido al Londres de 2015.
Winter
Wonderland era el destino londinense prometido a mis hijas, que ya habían
podido visualizar a través de la ventana al mundo que representa youtube. Una y
otra vez me pedían desde semanas antes ver ese vídeo de luces navideñas y
atracciones vertiginosas, anticipando lo que sería su viaje a ese Londres que necesitaban aterrizar de alguna manera tangible. Casas encantadas,
columpios horizontales, barcos piratas, autos de choque, todo ligeramente más
sofisticado que un parque de atracciones al uso de cualquier lugar, pero
realmente muy parecido. Pero claro, viaja millas para que su recuerdo más
intenso de Londres sean los autos de choque, los mismos que tenemos en las fiestas
del pueblo de la esquina. Es un riesgo a asumir con un niño, siempre. Quizás lo
cómico y absurdo sea más bien nuestro afán por querer ir lejos para descubrir
lo que está cerca realmente. Nuestra pequeña historia de alquimistas.
Menos mal que cuando se hace de noche, el
parque de Winter Wonderland toma un tinte londinense puro, y se transforma en
un espacio de juerga local al aire libre, con conciertos en vivo, gente con
ganas de pasarselo bien, alrededor de un fuego gigante para combatir el frío, y
más brasas para tostar mashmellows, y de paso para protegernos del frio helador que acecha Hyde
park. Y en este rato descubro que, con una buena siesta previa, mis peques
siguen la tralla, bailan al son de Mama Mia entre otros, se suben la podium y lo dan todo,
como su madre en sus buenos tiempos. Momentitos que refuerzan el impulso
acertado de llevarnos a nuestras hijas a donde haga falta.
Este fin de semana he descubierto un Londres
distinto, a través de la mirada de mis hijas, la misma que me ayuda a descubrir
el mundo en esta etapa de mi vida, en un viaje que me da una vez más la
perspectiva de lo poco que merece la pena refunfuñar para cruzar Londres, del
Británico a la Tate, sea la hora que sea, o de orilla a orilla del río helado
si hace falta, siempre que sea con mi metrito cuadrado, esa balsa que me da la vida.