Saturday, April 13, 2019

Swahili nivel medio



Día 2

Crisis. Tito, el osito con el que duermes Maite desde el día que naciste - literal - se quedó en el taxi de llegada y anda perdido por Dar es Salaam. Esto, que suena a coña, es un drama. Me viene a ratos la imagen de Tito en los brazos de otro niño, tirado en la alfombrilla de un viejo coche tanzano o abandonado en un arcén.

Papá ha intercambiado un par de WhatsApps en su swahili nivel duolingo con nuestro conductor de ayer para ver si tiene información del paradero de Tito, pero cuando ha recibido un "Lakini Ela ya mafuta hutanipa", no nos ha quedado más remedio que echar mano de Google Translator que rezaba así: "but Ela´s oil will give me". Virgencita.




El conductor trabaja al lado de las oficinas de papá, así que jumatatu - el lunes- veremos si nos devuelven a Tito o qué. Cuando le he dicho que era un osito "very special for my girl" nos ha subido el precio del taxi para que volvamos a quedar, así que, en este plan, llevaré recompensa en un maletín.

Mañana de actividades alrededor de la piscina, como buen hotel de vacaciones que se precie, si no fuera porque hoy os habéis entregado, con vuestro padre y tres lugareños, a una clase de aqua aerobic con botellas viejas llenas de agua a modo de pesas. Papá y su modo "me apunto" de estos últimos meses.



Nos encontramos por fin con Ana, que llega a buscarnos tres horas de reloj después de lo que habíamos quedado, yo doy vueltas como Chiquito de la Calzada y empiezo a pensar que tengo que tomarme los ritmos africanos con más humor. Bonito momento, han pasado 5 años desde la última vez que nos vimos, en una aventura tanzana muy distinta a ésta, y parece que ha sido hace un chasquido.

Ana nos lleva a un vegetariano jamaicano que comparte negocio con una especie de vinoteca, impulsada por tres mujeres emprendedoras de la zona.


La Srta. Hacendado se tuerce con tanta berenjena, tofu y bolitas rellenas varias, y eso que los platos del Kingston, no solo están deliciosos sino que tienen una presentación impecable. Acabamos tirando de la carta del restaurante contiguo, para pelearnos con un pollo con arroz y judías, y un lobster mac & cheese de poco éxito. Lo que te rondaré morena.



Y aquí comienza nuestra peregrinación de Uber tanzano. Una aplicación que ha llegado al país y ha acabado con el encanto de las negociaciones eternas a pie de calle de unos centimos arriba o abajo. Yo, que sigo trabada en mi nivel iniciación "Karibu, Asante, Asante sana" como mucho, que me daría para poca negociación, prefiero darle al botón y pedir online un Uber bajaje, una especie de moto de 3 ruedas con caparazón, donde cabe el metrito cuadrado de nuestra familia.

Las hay de distintos colores, y Uber te avisa, no solo del nombre de tu conductor, sino también del color de su bajaje a modo de matrícula. Lo malo es que a veces llega otro conductor, igual pariente del usuario del supuesto conductor, con un bajaje, lo mismo de otro color. La globalización de la tecnología, pero sin estresarnos mucho.


De los tres bajaj que hemos cogido hoy, todos sin excepción se han perdido para llegar a buscarnos. Según Ana, en Tanzania no saben leer mapas, así que conseguir que el conductor te encuentre, pasa por dos o tres llamadas de teléfono - en Swahili-, para explicarle, a la altura de qué árbol y puesto callejero te encuentras. Yo observo boquiabierta, intentando interiorizar la operación, ya que a partir del lunes nos tenemos que buscar la vida las tres solas para llegar a la ONG que está en un pueblo al norte. Cada vez que papá dice, -pero si es muy fácil mujer-, y se pone a intercambiar palabrejas con el conductor por teléfono mientras vemos el cochecito desviarse una y otra vez en el mapa de Uber, me entran los siete males.



Creo que habéis descubierto vuestro parque de atracciones particular, a ritmo de moto de colores, sorteando el tráfico entre baches, arcenes y frenazos. Os turnáis para el asiento de la puerta, "el que no tiene puerta", para sacar la mano y saludar a los transeúntes a modo reina de Inglaterra, versión eufórica. Será también porque aquí se conduce por la izquierda y las cerraduras se abren en sentido contrario a las agujas del reloj. Rebeldía de la herencia commonwealth.

Inspirada en el paisaje, hasta has hecho la conexión, Maite, de que esto te recordaba a Cartagena. Me quedo pensando y no me atrevo a preguntar por qué. Y deja por favor esa mano dentro del habitáculo, que vamos a adelantar a algún paisano de los que llevan largos tubos o vigas por el arcén, y te la van a cepillar en una de estas.


Llegamos por fin a casa de Ana a conocer a Morena, que ve en tus gafas, Julia, las primeras de su vida. Papá ataca la hamaca colgada de la pared que lleva su nombre y tarda un suspiro en entregarse a morfeo. Escudriñáis cada elemento del plato vegetariano que tiene Morena como cena, y pienso en los hijos que hacemos las madres. Recuerdo mi difícil relación con la comida en mi viaje a Tanzania hace 5 años, y sufro hoy cada vez que os ofrecen algo nuevo. Venimos entrenadas de casa, y hemos acordado que probaremos por lo menos una cosa nueva al día.

Hoy ha tocado la papaya, unos huevos con ligero sabor a pescado - del pienso que comen las gallinas - y un helado de vainilla de supermercado, de marca desconocida. Lo que se llama salir de la zona de confort, vamos.


Mientras esperamos a que llegue Agustino en su Uber rojo a la salida del supermercado, os animo a jugar en un parque repleto de niños. Según pensaba yo, -qué bonico, mis hijas las únicas blanquitas del lugar, si al final los niños son niños en todas partes del mundo-, de repente, como aquel chiste del macarra en un apagón de un tren que le da un guantazo a un cura por la cara, tu llanto desconsolado, Maite, me devuelve a la realidad.

.- Mami, un niño me acaba de dar un manotazo en toda la cara, así porque sí, ¡y encima se echa a reír y todos los niños con él! ¡Y luego ha salido... rodando!



Y mientras buscaba mi argumento para consolarte y que entendieras qué podía haber pasado... (puede que aquí un guantazo en el parque antes de salir rondando... ejem... quiera decir, su intención... igual... ¿y si voy y le devuelvo el guantazo al niño y le ayudo a rodar mejor?), en ese segundo, apareces tú, Julia:

.- Mis chancletas purpurina, han desaparecido!

Gracias a que está ya anocheciendo, consigo, entre tus sollozos, Maite, ver brillar los pies de una niña correteando.






En ese momento no hemos piado, y hemos recuperado por suerte y en silencio cobarde las chancletas, que la niña de trencitas saladas se ha quitado con la misma despreocupación con la que se había calzado. En el último bajaje, papá nos da las claves para haber reclamado esa chancleta como un local: Biatu jangu! o lo que viene siendo "zapato-mío".

De regreso a casa, con la brisa de la noche que suaviza un largo día de calor pegajoso, asistimos las tres, ojopláticas, a la conversación entre papá y Agustino con tanta naturalidad, que habéis interiorizado que vuestro padre es bilingüe en Swahili.

.- Vamos chicas, a la cama-, en casa después de cenar, en tono de "no lo repito más".

.- Maite, alargando, con tono de interés: .- "Papá, ¿como se dice "a la cama" en swahili?"



Friday, April 12, 2019

Mi piel rara

Día 1

Caos en el aeropuerto de Dar Es Salaam. Solo había otro niño, él africano, en nuestro vuelo. Ya desembarcados de camino al control policial, un tipo occidental, con barba de 4 días os mira entre la locura de gente buscando un sello para el visado, ve mi cara feliciana, y me ha hace un gesto de “vaya huevos tienes”. Y entre flashes de, tendrá algo de razón, me recompongo y me digo, tú a lo tuyo, Leyre.

Intento encontrar el sentido a cómo funcionan las filas, las ventanillas y el orden, con mi mentalidad occidental, hasta caer en la cuenta de que no, que aquí no hay reglas, y sálvense quien pueda. Bueno, claro que hay una lógica, obvia para ellos, quizás más peliaguda para nosotras. Mientras espero de pie en mitad el caos a que me devuelvan los pasaportes, os veo tranquilas, debéis percibir la familiaridad y buen rollo en el ambiente, porque decidís ir solas al baño a cambiaros, Júlia más fresquita y Maite a tu camiseta de “Daddy is my super hero”.

A empujones conseguimos el visado que nos dejaría estar un máximo de 3 meses en Tanzania. El policía último en la cadena para comprobar que todo está en orden y dejarnos entrar, coge nuestros pasaportes, y sin abrirlos, dice hala, pasad. Creo que nos llegamos a saltar las filas, los empujones, los 50 dólares, el sello y la espera, y habríamos pasado igual. O no.

Júlia se adelanta y oigo un Papaaaaaaaaa a lo lejos, parece que nos hemos reencontrado. Javi nos recibe guapetón, con mi camisa preferida, afeitado y pelo más largo que cuando le dejamos. Se mueve ya como pez en el agua después de un mes aquí, dice que no entiende mucho pero yo le oigo hablar Swahili por los 4 costados. Karibu, familia. Asante sana.

Dar es Salaam se viste de mucho calor, humedad, y un chaparrón que chafa momentáneamente el negocio a los cientos de puestos al borde la carretera de camino casa.

.- Mamiiii esa señora hace equilibrio con un cubo con salchichas en su cabeza -, Júlia, no das crédito. Y otra! Y otro!

Nos ofrecen todo tipo de comida y cachivaches por la ventana, a los que respondéis con curiosidad, que atrae, cómo no, más personas con más cachivaches.

Llegamos a casa, un bungaló en una residencia frente al mar, a modo de club de ocio deportivo para los locales, con pistas de tenis, piscina, y algunos bungalows disponibles, del que Papá ha hecho su hogar. Él nos lo ofrece con orgullo y yo con mi mirada extraña, lo veo decadente, marrón, muy marrón todo.

Antes de dormir, os sentáis a escribir vuestro diario de viaje - -¡esas buenas costumbres! - bajo la mosquitera de vuestra cama, de la que empezáis a hacer vuestro refugio mágico.

Maite, te miras a las piernas y compartes en alto:

.- Mami, he visto tantas personas negras hoy, que miro mi piel y me parece rara.



Thursday, April 11, 2019

Mi primera Africa



Día 0

Esta semana creo haberos dado una mala noticia en el desayuno.

.- Chicas, siento anunciaros que no hay Mercadona en Tanzania.

.- Anda ya, no va a haber Mercadona, - espeta Júlia aferrada a su rutina de sota, caballo y rey hacendado.

Desde que abristeis esos ojillos caramelo al mundo, hacía las cuentas de cuantos años tendrían que pasar hasta que pudierais pisar Africa con nosotros. No sé si es pronto o tarde, pero lleváis un mes sin ver a papá y qué mejor excusa que ir a buscar su abrazo donde haga falta.

Nos esperan 7 + 5 horas de vuelo, vía Dubai, con 72 pelotas de tenis - larga historia - y, confieso, algún que otro producto Hacendado en las maletas... Con muchos nervios, allá vamos Dar Es Salaam!! Jambo! 😊


Tuesday, May 15, 2018

El vacío en una caja de zapatos

Ayer me sentí fatal. Y tuve demasiada vergüenza como para pedir perdón.

Esperaba en la cola del autobús en Dallas para regresar a casa en Austin con mi familia. Delante de mí, un chico de aspecto hispano, con tatuajes en el cuello y mirada intensa, sostenía encima de su cabeza una caja con dos pares de zapatillas y algún trapo que no alcanzaba a ver.

Mientras agarraba mi bolso, mi iPad y mis cosas, pensé, qué pinta de haber pasado por la cárcel. Ni siquiera pensé, que pinta de malo, solo me vino la visual de ese tipo dando vueltas en un patio penitenciario, no se por qué.

Me subo al autobús, despliego el iPad y el ordenador a la vez para trabajar con dos pantallas de camino a casa, hasta que el tipo, que andaba sentado por los asientos de delante, se acerca, se sienta en el asiento contrario del pasillo y me pregunta, con tono auto controlado y en un inglés perfecto, como de haber nacido en este país en segunda generación de hispanos:

.- ¿Tienes un teléfono que te cargue por los mensajes?

No entiendo bien su pregunta pero reacciono a la defensiva con lo primero que se me ocurre:

.- Lo siento, tengo un teléfono de empresa y no lo puedo dejar.

Se levanta impasible, sin desprecio, sin esperar nada o vete a saber, quizás con decepción encubierta, y repite la escena con la chica que se sienta justo detrás de mí, y oigo:

.- ¿Tienes un teléfono que no te cobré por los mensajes?

Entiendo mejor ahora su pregunta. Y la chica va un paso más allá que yo y se interesa:

.- ¿Qué necesitas?

.- Acabo de salir de la cárcel y quiero avisar a mi hermano de que llego a San Antonio.

Joder.

No tengo ni idea si han sido 6 meses o 15 años los que llevabas entre rejas, si fue por algún acto estúpido de tu juventud, si mataste a alguien que podía haber sido mi hija. Solo se de tu caja de zapatos, y de tus trapos que ahora veo que son dos cambios de ropa, uno de ellos tu propio uniforme de presidiario.

Te cambias dos veces en un trayecto de 3 horas, fumas en cada parada, tienes mirada de dolor, de indiferencia, de carga, de intensidad, de no esperar nada de la vida y de esperar todo, de haber esperado, igual de haber esperado desde pequeño a que tú madre volviera a casa, haber esperado que tú padre dejará de pegarla, haber esperado que cuando creciste y pudiste liberarte de una infancia difícil, haber esperado que alguien tomara las buenas decisión es por ti.

Haber esperado que un acto cruel e impulsivo no tuviera consecuencias, haber esperado que aquellas rejas solo fueran una pesadilla de la que despertarias cada mañana, durante años, cada día. Haber esperado el día en que te dieran tu caja mientras abrían la ultima puerta de la cárcel para dejarte marchar. Haber esperado montarte en un autobús y que alguien te dejará llamar a tu hermano para avisarle de que por fin volvías a casa.

Y te encuentras con una tipa enfrascada en su iPad, con su tacón y sus gilipolleces de primer mundo.

¿Qué necesitas?

Dos palabras. Qué necesitas, joder. No es tan difícil. Pero si es una de mis preguntas favoritas! Escuchar. No lo que yo creo, lo que deberías, lo que te voy a dar aunque no me hayas pedido, lo que creo que te hará bien. No. Dime qué necesitas, como te puedo ayudar.

Me quedé en mi asiento, petrificada, mirando por la ventana, con la piel de gallina, la lágrima en el ojo y el corazón encogido. Gillipollas que soy. Me sentí ridícula con mi iPad y mi tacón y mi teléfono.

Llegué casa cansada después de una semana difícil, se lo conté a Javi y me eché a llorar en sus brazos como una idiota.

Maite me ve llorar y me dice,

.- No he entendido bien, mami.

Me siento con ella, mientras ordena las piezas de su puzzle, le cuento la historia nuevamente con más calma, piensa y pregunta:

.- ¿Y por qué no usa su propio teléfono para llamar a su hermano?

.- Cariño, cuando sales de la cárcel no tienes teléfono.

A tenor de tu mirada con aquella caja, cuando sales de la cárcel debes de estar vacío, por fuera y por dentro.

Perdóname, chico de la caja de zapatos. Perdóname pq de repente vi en ti a muchos niños de la edad de mis hijas que no tienen a nadie que les quiera, les atienda, les respete, les ayude a crecer. Y se buscan la vida a palos. Y acaban tomando malas decisiones y entran en una espiral de la que es jodido salir. Ojalá salgas.



Tuesday, February 28, 2017

Entre eñes y uve dobles


Mami tiene la cabeza llena de palabras desordenadas, como fichas guardadas a presión en una caja vieja de scrabble que se ha quedado pequeña. No sabe ni por donde empezar. 

Bueno desde hace unos días parece que ya le sale alguna palabra de esas del diccionario. Ha tenido días de zetas y equis y haches amontonadas y no sabia que hacer con ellas. 

No sé porqué se ha puesto tan nerviosa. Quería que le salieran palabras enteras y largas y perfectas y que no quedara ni una ficha en la caja. Hasta creo que buscaba frases con sentido, de las que ni piden en las reglas del juego.

¿Yo? Yo me lo estoy pasando pipa sacando las fichas una a una, pongo una letra boca abajo, le doy la vuelta, la meto en la caja, y saco otra. O dos más, según me dé. 

Bueno vale, a ratitos echo de menos mi habitación y los muñecos que no cabían en la maleta, pero me abrazo a mi pitufina, mi berenjena y mi mono que habla. Y se me pasa.

A veces pienso en Tamara y en Nuria y en Ana, y de repente Mrs Lowe me envuelve con un abrazo de oso y se me olvida. Al principio no le entendia, hasta que un día me rodeó con cuidado con sus brazos entre su melena rubia mientras escuchaba su "grrrrr' de mamá oso. Y yo le respondi con un "grr" de bebé osito. Tal y como me pidió. Y mola. El otro día hasta me atreví a pedírselo a todo pulmón en la pizza party: I want a "hug of bear"! Le costó entenderme porque parece que aquí ordenan las palabras al revés pero, cuando gruñimos cabeza con cabeza, hablamos el mismo idioma.

Me había acostumbrado a cumplir los años la última de todos mis amigos, justo antes de comer las uvas en navidad. Creo que la paciencia me viene de ahi. Y he tenido que venir muy lejos para poder ser la mayor de clase y la primera en cumplirlos. Claro que aquí los amigos no escriben ni leen. Así tengo más tiempo para bailar y pintar.

El otro día nos pusieron un sello de manos de colores y me hizo pensar en Gaudem. Y claro que echo de menos mi cole. Pero aqui, con el trajín de un cole a otro, casi no me queda sitio en la cabecita para acordarme. No sé si soy morruda por tener dos coles pero mi mami me lo ha contado así tantas veces que debo de tener suerte. Y sobre todo me he acostumbrado. A todo. A todo lo que ocurra tres veces seguidas. 

A las 10:30 Mr. David nos recoge a cuatro amigos de clase en un autobús amarillo gigante de esos que salen en la tele, para nosotros solos. Mr. David le contó un día a mami que sueña con tener un pasaporte o algo así. Ella casi no le entiende cuando habla porque dice que parece que masca chicle, pero yo solo veo brillar las pegatinas que nos da cuando subimos a su autobús. Pues claro que me entiendo con él Mami. Hoy Mr. David está en su "día fuera" (me han dicho "his day off" cuando he preguntado por él y así lo he contado en casa) y le echamos un poco de menos, a él y sus pegatinas de corazones.

En mi segundo cole sí que soy la mayor de todos todos, algunos amigos tienen tres años y todo. Mi mami le da dolores de cabeza a Miss Jessica para que me haga escribir. Se lo pregunta todos los dias cuando me recoge. A mi me da igual, pero si me lo piden ellas yo lo hago porque me gusta verles contentas. 

Hoy he vuelto a casa con una hoja en la que he escrito "my daddy watches basketball" en grande. Debía de ser algo muy importante porque Papi y Mami han soltado grititos al verlo, me han dicho cosas bonitas y lo hemos puesto en el museo.

El museo es el suelo de la habitacion vacía de mis papis, donde se mantiene en pie - si no lo tumba el viento - todo mi "artwork", creo que se decía "dibujos". He oído que no quieren decorar la casa ni colgar cuadros ni comprar muebles porque hay mucho ruido y no les gusta y quieren buscar otra casa. Yo no oigo los ruidos cuando saltamos en la colchoneta y buscamos formas a las nubes. A mi me gusta nuestra casa porque podemos contar los bichos bola de camino al cole y patinar al YMCA y Alice vive cerca y puede venir a visitarnos en su bici. 

Y no solo a Papi le gusta el basket. En Madrid me llevó un día - mola hacer un plan con Papa, él y yo solos. Y aquí hay tanto basket en la tele a todas horas que me ha acabado gustando de tanto acurrucarme con él y ver saltar a esos gigantes. Nuria decía que escribiéramos hacia la derecha que si no los gigantes que viven a la izquierda se comen las letras. Igual son ellos.

El otro día, aunque era jueves y había cole, Papi nos llevó al basket a todos después de cenar. Molan las bailarinas con trajes brillantes, las cheerleaders con sus pompones y comer palomitas por la noche. Y sobre todo cuando te buscan con las cámaras para que bailes y hagas tonterías y salgas en la tele. No salimos. Vaya. Quiero volver otro día y hacer mas tonterías.

Estamos preparando una función de ballet con Miss Jillian y hasta un teatro musical. El ballet me chifla porque llevamos también zapatos negros de claqué que hacen ruido. En el musical soy la mas peque de todas y algunas cosas son difíciles. Yo miro, escucho, observo, parece que no hago mucho pero aprendo despacito. Y cada día canto y bailo con mas ganas nuestro "follow me, lets do something crazy". Mi mami me ve a veces triste durante la clase a través del cristal, pero yo salgo con cara de habermelo pasado genial y repito las canciones con mi hermana de camino a casa por Avery Ranch Boulevard. Es que yo lo disfruto por dentro.

Después de acompañar a Maite a sus clases de gimnasia, un día me di cuenta que el super gimnasio de Capital Gymnastics se parecía a mis clases de Psico. Y de repente sin pensarlo (bueno, más bien pensando que igual yo también era capaz) le pedí a Mami que me apuntara. Ahora hago cartwheels y handstands mientras me empujan el culete las monitoras. Pero para mí es como si lo hiciera sola.

Molan los kids night out. Son fiestas de noche para gimnastas, con baile y piruetas y araña peluda y hasta artwork. Sigo siendo de las peques, pero Cloe, la amiga de clase de Maite, me ayuda a salir cuando me quedo enterrada bajo bloques de caucho al saltar desde lo alto. Muy alto. Super alto. Desde allí en la dance party me miraba al espejo y bailaba como si nadie me estuviera mirando (es que creía que nadie me miraba!). Dice Mami - ella siempre esta mirando - algo de que ese día vio la mejor versión de mi misma. Versión. Será del scrabble.

Cada clase, cada cole, cada extraescolar, es en un sitio distinto y tiene amigos diferentes. Caras nuevas, niños que no conozco y que me hablan raro. A los sitios a los que no he ido todavía tres veces, suelo tragar saliva en la puerta antes de entrar. A veces me duele la tripa, a veces agacho la cabeza, pido rescate, me hago pequeña. Pero creo que me han contado tantas veces que todo esto me va ayudar a crecer - y es verdad que me empieza a valer la ropa de mi hermana - que no suelo decir nada ni miro hacia atrás. Entro en mi nueva clase, me siento en una esquina si puedo, y pongo toda mi cabecita y mis ojos en escuchar a las profes y lo que esperan de mí. Yo siempre hago lo que se espera de mí. Me gusta ver contentos a los demás, eso es fácil.

Mami me prometió que si nos mudabamos me hablaría en español, ella y la tele, por fin! Ahora vemos Panda y la cabaña de cartón. Y ahora le entiendo todo a ella y le puedo preguntar lo que significan las palabras nuevas. La de cosas que me perdía antes por no entenderla y ella no se enteraba.

 Y después de todo un dia, dos coles, un autobús con pegatinas y clases de baile y música en ingles, juntarme con Mami y Maite al acabar el dia y decir tonterías en español es como el mejor de los recreos. 

Y si, claro que echo de menos a mis amigos de siempre, los que me sacan mi lado loco y con los que haría fiestas de pijamas todas las noches de mi vida si no tuviera que pedir permiso.

Pero aqui, cuando veo a Patricia, Irene, Ines y a todos los amigos de Madrid que hace poco ni conociamos, y a cualquier niño del mundo que hable español, como mi amiga Vivi, noto como si alguien me soplara en la mejilla para darme aire fresquito. Y cuando como tortilla de patata. Y chorizo de un señor que se llama Fermín. Y galletas Maria. Me ayuda mucho a que no se me olvide quien soy. Que a veces de tanto tragar saliva me pierdo.

Algunas veces pregunto cuantos días llevamos aquí y cuantos quedan. Papi y Mami parece que no tienen prisa por volver. Papi mola porque él siempre está bien si nosotras estamos bien. Y Mami por lo menos ha dejado de llorar por tonterías - a mi me entraba la risa de verla mientras le secaba las lágrimas con un dedo. 

La he visto coger la caja de scrabble, sacar las fichas, ponerlas en orden y revolverlas de nuevo. A veces le sale alguna palabra mágica, a veces va al diccionario a pedir ayuda, a veces se queda mirando la zeta y la eñe y yo le saco una uve doble. A veces se harta y mete todas las fichas en la caja estrujadas y sin orden. Y se va, lejos del ruido, a tomar el aire. Que aquí el invierno es primavera. 

Y sobre todo, ya se ríe. Nos reímos todos. Porque como nos dijeron las primas una vez que oyeron en una canción de la Oreja de Van Ghog, "nuestra patria está donde estemos los cuatro". No sé muy que es eso de la patria,  pero creo que tengo todas las letras. ¿Jugamos?

Fotografia de Leticia Varela

Wednesday, December 14, 2016

De piedras y bizcocho



Siempre hay piedras en el camino. La primera, en los brazos de Debbie, una abuelita amorosa, en edad de pasar los días mirando por la ventana desde el sofá y regando sus plantas, que nos recibe en un viejo despacho del Spicewood Elementary School. Hemos quedado con ella el lunes a las nueve de la mañana, dentro de una intensa agenda de tres días cuidadosamente preparada desde Madrid, para intentar hacernos con nuestra nueva vida en Austin. Según ponemos los pies en su oficina, sin dejar siquiera que nos sentemos, quizás solo con el ánimo de darnos la noticia cuanto antes, viene con el jarro de agua fría, y éste no es para sus flores.
“¿Cuándo hace los años vuestra hija pequeña? ¿29 de diciembre? Mmm. No puede ser admitida este año en un colegio, es la ley del estado de Texas”.

Como cuando te pilla un chaparrón en mitad del campo y te cala los huesos. Había oído que el “cut off”, así llaman al criterio que marca el año de escolarización, era en septiembre, a diferencia de nuestro año natural. Pero yo, en el sofá de mi casa en Madrid frente mi ordenador, empecinada en seleccionar entre los colegios más cercanos a la oficina como criterio principal de búsqueda, me había dejado por el camino lo más determinante. Y era que Julia siquiera pudiera ir al colegio. Árboles que no dejan ver el bosque.

A partir de aquí, comienza un peregrinaje contrarreloj por colegios públicos y privados, los primeros excelentes en función de las zonas de residencia, los segundos curiosamente muy variables, con el supuesto valor añadido de la inmersión en otros idiomas. O bien español, que no nos interesa especialmente, o francés, una opción más razonable pero un poco arriesgada para dos niñas que no han tenido más exposición al idioma que nuestros viajes aventureros de verano. Incluso un alarde de creatividad nos lleva hasta Colegio Montessori de inmersión en mandarín, hasta que me veo en la breve visita informativa rodeada de niños, padres y abuelos orientales en conversaciones indescifrables, y pienso que quizás estamos ya perdiendo un poco el norte. En cualquier caso, ninguno justifica en mi mente una inversión desproporcionada, cuando lo que quieres es que tus hijos aprendan inglés y sobre todo cuando la mejor educación y experiencia pura americana está en los fantásticos colegios públicos de este país.

Cualquiera de los que hemos visitado podría ser una excelente opción para Maite a sus 6 años, y Julia podría ir a un privado infantil a su curso correspondiente; parece que, con dinero de por medio, las leyes de Texas se tornan más laxas. He visitado varios de esos “kindergarden” y son realmente guarderías venidas a más, que me lleva a una etapa más que superada y la que no me veo regresando. Y sobre todo, pienso, y más en este momento de cambio tan vertiginoso de las niñas, de país, idioma y colegio, que no quiero privarles de ir juntas al mismo centro como han hecho siempre, alcanzando sus manos fugazmente mientras hacen fila en los pasillos, o buscando ese hueco en el patio en las horas de recreo para trepar la valla prohibida y darse un beso de hermanas.
Tenía tres días completos para configurar mi vida aquí. Los dos primeros, amanezco con jet lag a la una de la madrugada para trabajar hasta el amanecer para España, hasta comenzar la mañana de Austin una carrera contrarreloj de citas, visitas y reuniones informativas, para no llegar a ningún sitio, topándome con un muro tras otro. Acabo mi segundo día agotada, ya sola en el hotel, después de despedir a Javi que vuela a Orlando a trabajar, delante de una copa de vino. Pensando en la frustración que vive cualquier persona que se topa con un sistema tan distinto al suyo y malgastando esfuerzos intentando desbancar reglas que uno no entiende ni comparte. Desanimada con la batalla perdida contra quien no tiene la culpa de no conseguir empatizar contigo, tan lejos ellos de tu realidad, tan distante tú de la suya.

¡Pero si lleva tres años yendo al colegio de nueve a cinco! ¡Si está preparada para ir a primaria en unos meses! En Laurel Mountain y Caraway school, excelentes colegios también, nuestras anfitrionas nos miran despreocupadas, encogiéndose de hombros, recordándonos brevemente la ley y retomando su discurso informativo sobre el proceso de registro. En Canyon Creek tenemos la suerte de ser recibidos por Jan, la Counselor, que pone algo más de interés, empeño y cariño, para llegar no obstante a la misma conclusión, Julia no podrá estar escolarizada este año en el sistema público.  La vida en negro. La vida en color burdeos, que quita las penas. Siempre pienso que tiraríamos menos de ansiolíticos si aprendiésemos a apreciar mejor el vino.
Día tres. Amanece que no es poco. Y a la vida le caen retazos del rosa de la mañana. Me quedan veinticuatro horas para encontrar el camino. Les prometí a Maite y Julia que volvería con un cole debajo del brazo. Me puede la presión de regresar a casa con un mensaje vacío, con un no sé, con un quizás titubeante y menos convincente.

Tras la tormenta siempre se abren las nubes. A veces hasta asoma el arco iris. En forma de un gesto amable de alguien que ha pasado por tu situación en algún momento. De la solidaridad de quien está fuera, lejos de casa y busca y ofrece un hombro en el que reclinarse.  Rutledge tiene nombre de ilusión. De proyecto nuevo, fresco, con luz y verdes, en un vecindario sacado de película americana que tanto condiciona nuestros sueños, frente a un lago por el que desfilan disciplinados patitos bajo el sol templado de enero.
Se abre la oportunidad. Y se abre mi cabecita. Y trabaja mi estómago. Digiriendo las reglas del juego, que no han cambiado. Julia no puede ser admitida en tercero de infantil. Pero nos saluda el arcoíris. Hay una clase de segundo, con niños de su edad y más pequeños que ella, en el mismo colegio - muy pocos colegios tienen esa clase de "pre-k" en el mismo campus. A priori le deberían admitir aquí por su inglés como segundo idioma, uno de los criterios de selección para poder acceder. Confío en que el proceso nos lleve a su admisión, pero no lo sabremos hasta que nos mudemos. Siempre habrá incógnitas en el camino. Aunque nos afanemos en querer tenerlo todo atado. Los cabos a veces aflojan cuando menos lo esperamos. Y eso está bien. Nos mantiene despiertos.  
Y no es el único cabo que anudar. No estaba preparada para tanta cuerda suelta. El colegio, que normalmente sucede únicamente entre 7:30 y 2:45 para todos los niños, despide a la clase de Julia a las 10:45 de la mañana, en un programa concebido en cualquier colegio público para una media jornada. Tres horas de escolarización. Qué hago con mi hija a las 11 de la mañana. Qué hago con mi opción de trabajo en remoto. Qué hago con tener que renunciar a sus ocho horas en el colegio, una rutina que tiene interiorizada desde que cumplió ocho meses y gateaba en un aula de delfines persiguiendo a su amiga Paula, a la que echará tanto de menos. Ella que ha sido la pequeña de clase, y que, a base de empujar suavemente, hemos conseguido que se ponga a la altura de niños un año mayor que ella en muchos casos. Qué hago, joder.

Respirar. Dar un paso hacia atrás. Observar nuestro concepto de vida. Nuestros pequeños paradigmas. Cuestionarlos, porqué no. Necesito información. Internet. Empiezo a leer sobre los criterios de escolarización en los distintos países y sobre los argumentos de los detractores de la escolarización temprana.
Y pienso. ¿Y si…? Y si le devuelvo a Julia las horas que le robé del trabajo cuando tenía 4 meses, cuando viajaba al norte de Francia y lloraba por las esquinas de verme separada de ella tan pronto. Y si me dedico a lo que más quiero en cuerpo y alma por un tiempo. Y si le acompaño a partir de esas 10:45 a las infinitas actividades que hay en el barrio, a museos, escuelas de baile, o al YMCA de la esquina, que tiene fantásticas actividades para su edad. Y si simplemente nos perdemos por la ciudad, sin rumbo fijo. Y si aprendemos a cocinar y se nos pasan las horas mano a mano con un delantal de colores jugando con masas y formas, poniéndonos perdidas. Y si le doy el espacio para que se sienta importante, segura, viéndose la mayor de su clase durante esas tres horas, y no le queden resquicios de ir a rebufo de sus compañeros, que hoy todavía le sacan media cabeza. Y si estoy realmente presente acompañándola en su aprendizaje, en su descubrimiento de una realidad distinta.

Confío en que Maite se adaptará con facilidad, el mundo es suyo, es valiente y decidida, y se toma la vida por montera. A Julia le puede su sensibilidad, su delicadeza fina, y confío en que agradecerá tener una transición más suave. Aunque siempre pongo atención en no reforzar la ñoñería que a veces le tienta, sí le respeto esa profunda sensibilidad, porque es tan grande como su propio corazón, ese que dice que le duele muchas veces. Será que no le cabe en su cuerpecito.
Así que he pensado que esta barrera que me he encontrado en este viaje me puede realmente abrir paso a una pradera de momentos madre-hija que recordaré cuando Julia haya crecido, y ya quizás no me acaricie tanto la mejilla como lo hace ahora cuando me ve triste y me susurra: “mami ¿eztáz bien?”.

Maite, cómete el mundo, que te tiene preparado cosas grandes y este país que te vio nacer es el sitio para quien no tiene límites como tú. Y Julia, hagamos pastel de bizcocho, sin chocolate, solo regado de lacasitos de colores, tal y como te gusta. 

Saturday, December 10, 2016

En las nubes, entre Dublín y Texas



Así estoy. Aquí estoy, sobrevolando nubes en mitad del atlántico, camino a Nueva York, después de unos días en Irlanda, cerrando un año especial de la mano de la Fundación Down Madrid.
Google, esa palabra mágica de colores que tiene respuestas, también desde la nube, para todo lo inimaginable, nos ha brindado la oportunidad de actuar en su teatro en Dublín, ante una audiencia entrañable, receptiva a lo inusual y con ganas de jugar a la ironía.

Nos dijeron que era difícil mantener la atención de sus empleados en aquellas oficinas, que están habituados a reuniones cortas, expeditivas, que allá donde van se les ve más pendientes de su Smartphone, de su PC, de su proyecto, de su siguiente reunión. Pero de repente sucedió. En mitad de su rutina de trabajo, de su día acelerado y ocupado en cosas realmente importantes, las que dan cifras y resultados al final de un trimestre, notamos que se abría un pequeño espacio para conectar.

Animados por la iniciativa de la “Charity week” que selecciona un proyecto para cada día de esta semana, Miguel y su compañera nipona Totu, que llevan la Fundación en la sangre, han conseguido involucrar a un equipo de directivos de la casa para que apueste por nuestro proyecto y nos dedique este día. Y con ellos, más de 200 “googlers” como ellos – así se hacen llamar -, con ganas de comerse el mundo, han llenado un colorido salón de actos, para dedicarnos parte de su preciado tiempo y llevarse con ellos un cachito de magia de teatro inclusivo.

Nos regalaron risas tras cada pequeño guiño que teníamos para ellos y lloraron con Miguel cuando se emocionaba a la derecha de su hermano Guille quien, lo que a veces no alcanza con la palabra, lo hace de sobra con su intención y agudeza. “Tengo un sueño, y es trabajar aquí algún día”, aprovechaba su minuto de gloria ante los presentes en el broche final de preguntas y respuestas a los actores, por si colaba alguna oportunidad de que le acercara a vivir cerca de su querido hermano. Y es que Guille llevaba casi un año, desde que se empezó a gestar esta oportunidad, soñando en cada ensayo de los miércoles con ese momento en el que se subiría a ese escenario y brindaría su actuación a sus seres queridos. Era su día. 

Y cada uno de nosotros hemos vivido esta experiencia de una manera muy personal. Yo he disfrutado como una niña estos dos días en torno a Google, escarbando en sus políticas de recursos humanos concebidas para la generación “millenials”, con espacios de colaboración a la vanguardia, entre salas de siesta, masajes, gimnasio, piscinas, infinidad de rincones de comida variada y gratuita para sus empleados, y retazos de vida integrada en el trabajo, en forma de tabla de surf apoyada sobre una mesa de trabajo o super héroes atrincherados sobre un teclado.

Entre pasillos y ascensores se oyen todos los idiomas imaginables, en un edificio en el que confluyen los sueños alcanzados de 6000 personas venidas de todas las partes del mundo, con ansia de tener su cachito de protagonismo en el progreso de nuestra sociedad. Pienso que si tuviera 20 años menos, me encantaría ser parte de aquello.

Pero como no me tocó vivir esos tiempos en los inicios de mi carrera, y los lamentos tienen el paso corto, qué mejor oportunidad hoy que mezclarnos con esa realidad desde el teatro. Una pasión que nos otorga el espacio para dar lo mejor de cada uno de nosotros, desde nuestras habilidades, nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestros sueños.

“Tengo un segundo sueño” - Guille se aferra al micrófono ante una audiencia que contiene la respiración, intentando descifrar su mensaje, entre la barrera del idioma y las palabras que se le amontonan irremediablemente, en un esfuerzo que pone más si cabe en valor un excepcional trabajo artístico desplegado en el escenario.
A lo largo de este año he aprendido a escuchar a Guille, y aunque él tiene en la capacidad de síntesis su mayor reto, suele esconder, en las ideas que viajan por su sensible cabeza, un mensaje agudo y sutil, normalmente de una lógica apabullante, que nos tiene siempre a todos expectantes.

“Espero algún día tener mi programa de televisión, con mi propia voz, y ser famoso” – concluye ante los aplausos de un público entregado en lágrimas.

Por qué no, de sueños estamos hechos. Y aquel momento tan puro me hizo pensar en mis propios sueños y en cómo los contaría llegado el caso, porque seguro que también se me amontonarían las palabras.
Esta tarde sueño entre las nubes más cerca ya de Nueva York. Empieza una nueva etapa en mi vida, nuevamente en Estados Unidos, pero en esta ocasión tan distinta a las anteriores. No solo por descubrir la profunda Texas, sino sobre todo porque por primera vez como padres, les vamos a ofrecer a nuestras hijas la oportunidad de vivir en otro país, de conocer una realidad distinta a la suya, de conocerse mejor por dentro. Qué mejor regalo de navidad.  

Ya en estos días en los que nos han acompañado en Irlanda, las hemos visto dar lo mejor de sí, buscándose la vida con su todavía precario inglés, como preparándose para la realidad que les viene.

“Mami, tú encuentra primero un cole que te guste y luego buscas una casa cerquita, ¿vale?” – se despide Maite de mí en el aeropuerto de Dublín mientras le cuento que me voy unos días a Austin a situarnos con la realidad que tendremos en enero. Me asombra la naturalidad con la que vive este momento a sus 6 años.

Tengo vértigo, cosquillas en el estómago, como las que provoca una montaña rusa en un parque de atracciones, con la risa floja y el corazón en un puño.  Todo va a ir bien, me repito cada vez que me encuentro alguna pequeña piedra en el camino, mientras organizo preparativos y tomo decisiones. Los cambios son siempre una excelente oportunidad de hacer limpieza física y mental, de discernir lo delicado entre la marabunta de lo superfluo. Con mi metrito cuadrado, el espacio en el que cabe mi familia, aquí, allí, o en un vagón de montaña rusa, todo va a ir bien.

Ayer, preocupada con la sensibilidad de Julia ante los cambios a sus 4 años, y con la intención de acercarle a nuestra siguiente etapa, le pregunté:
“¿Qué vas a hacer en Estados Unidos peque?”
“Voy a hacer nuevoz amigoz mami” – me espeta para mi sorpresa, con ese sonido que aún se le resiste, como empeñada en conservar su encanto de bebé.

Quizás porque haya oído algo de que los amigos no se cambian, sino que los nuevos suman a los que ya lo son. Tocará estar lejos por un tiempo de nuestras familias y amigos, que tanto nos han dado estos años, y confieso que se me hace una pequeña bola en la garganta de pensarlo, pero como decía Whinnie de Pooh, “how lucky I am to have someone that makes saying goodbye so hard". Qué suerte tenemos de tener personas de las que nos cueste tanto despedirnos.