Monday, April 15, 2019

Happiness


Día 4

Hoy nos quedamos con la palabra y si acaso con esta instantánea con vosotras en el bajaj de camino al Friendly Gecko, la casa de la organización suiza con la que venimos a colaborar, Help2kids.

Julia te has levantado torcida y pienso que igual no tienes tanta gana de ir a pasar calor por poblados perdidos después del día de ayer en el paraíso. Nosotros tres hemos madrugado y acabado de desayunar cuando abres el ojo y tuerces el morro, así que tiro de la magia Hacendado y te ofrezco un preciado osito Lulú que consigue, menos mal, levantarte el ánimo.

Es el primer día que las chicas nos tenemos que buscar la vida en Tanzania por nuestra cuenta. Sin Swahili. A ver cómo me peleo yo con el mundo. Trago saliva y nos despedimos de papá en el bajaje a la puerta de casa. Tomamos carretera hacia el norte hasta desviarnos por un camino de baches y tierra rojiza. Llegamos por fin a nuestro destino, gracias a un lugareño que, viéndonos a las tres, tiene claro a donde podemos ir.  Le da indicaciones a nuestro conductor, que no habla una palabra de inglés y por fin sonríe cuando le pregunto por sus hijos y nos enseña en su móvil una foto de un bebé pepón de seis meses.

En el Friendly Gecko, nos recibe Erik, un francés con deje americano después de un tiempo en una granja en Connecticut. Allí se presenta también Nathalie, una suiza jovencita de ojos saltones y pelo rubio rizado que se ha tomado un año sabático y ha aterrizado por aquí. Está sola en la casa estos días, así que agradece nuestra presencia. Nathalie es prudente, tiene una sonrisa generosa, y me da tranquilidad que nos acompañe en nuestro primer día.

Erik, como coordinador de voluntarios, nos reúne para contarnos más detalles sobre los proyectos con los que colaboran y darnos algunas pautas. La hora se os hace larga y aburrida como un libro de instrucciones, de esos de letra pequeña en varios idiomas. Julia, de pie delante del ventilador, has pasado el rato a lo Marilyn. Solo te has volteado en la parte de lo que no hay que hacer, ahí siempre estás atenta para no sobrepasar los límites.

.- Kundutchi es un poblado muy pobre y los niños de la escuela tienen muchas infecciones en la piel, que no son graves, pero que sus familias no tienen los medios de curar. No vais a poder evitar que se os tiren encima pero intentad manejar el contacto físico, y evitar, si podéis, tocarles en la cabeza.

.- ¿No les vamos a poder tocar la cabecita? reaccionas Julia entre la decepción y la intriga.

Me viene la vena de madre y pienso en los posibles riesgos para vosotras, pero entre el miedo y la oportunidad, elijo lo segundo.

.- Nunca hagáis fotos, por favor, sin permiso de los propios niños y la "mama" del lugar, nos pide Erik. Y lo mismo para cualquier "moda" africana. Si decidís haceros trencitas en el pelo, por favor entended antes lo que significa para ellos, al fin y al cabo son cinco o seis horas de peluquería, - añade con sorna - aprovechadlas para acercaros a ellos y entender qué impacto tiene en su cultura ver a un blanco con trenzas africanas.

Ni siquiera lo había pensado, pero me revuelve cuando oigo que colaborar en África sea hoy una moda.

Recuerdo haber leído hace poco sobre un tema al que era ajena, y es la manipulación en la era Instagram del impacto de imágenes de niños negritos en brazos, exhibidos con el fin de alimentar egos. Quien realmente está queriendo transformar este continente está un poco harto del blanco de tintes heroicos a través de unas vacaciones de voluntariado, y lo entiendo.

Y yo me siento incómoda en cómo manejar esto, porque si algo sé, es que unas pocas semanas aquí, por mucho que nos entreguemos en cuerpo y alma, servirá de poquito. El impacto que podemos tener en las vidas de estos chicos en tan poco espacio de tiempo es ínfimo. Tú te vuelves, y ellos se quedan. A veces es hasta peor que hayas venido.

Pero luego pienso que mejor estar aquí que no hacer nada, digo yo, así que nos lo tomamos con humildad y como oportunidad de exploración. Y lo que salga de aquí, que sea un regalo para todos.

De los tres proyectos de la zona, el colegio Bajeviro está cerrado por Semana Santa hasta nuestra última semana, y el jardín de infancia cierra este jueves también hasta que regresamos, así que tiene sentido que pasemos la mayor parte del tiempo en el orfanato. Soy algo escéptica con esta opción, porque la mayoría de los niños tienen entre 10 a 16 años y no tengo claro cómo vais a encajar ahí. Pero si es allí donde más podemos aportar, allá vamos.

Tomamos desde el Friendly Gecko un coche con Nathalie hasta el edificio de hormigón blanco que alberga el orfanato. Desde la zona de estudio en el piso de arriba, los chicos pueden ver el mar entre rejas en rombos mientras estudian.

.- Qué suerte, estas vistas - les diré luego, con torpeza.

Silencio.

Son 32 niños traídos de distintos orfanatos de Tanzania, de entre 2 y 22 años. Habíamos entrado un poquito aterradas sin saber qué esperar, pero ellos nos reciben tranquilos, seguramente habituados al trasiego de voluntarios, simplemente curiosos, sin esperar demasiado. Pero les pueden sus ganas de distraerse de su cuaderno marrón ya manoseado.

Angelina, una pequeñita pizpireta de pelo corto y mirada larga, muy larga para sus dos años, no se separa de ti, Julia según llegas. Veo que te haces hueco en una mesa de estudio con Nathalie, con Angelina siempre contigo y otros niños con los que dibujas y charlas. Pasan las horas, te miro de reojo, y me encanta verte autónoma.

Maite me sigues a una mesa con dos chicas de unos 16 años, de pelo rapado, a las que me acerco tímida. Happiness y Suzan cursan un equivalente a un Primero de Bachillerato y tienen cuerpo y ademanes de adolescentes. Suzan es brava, pregunta y comparte sin pudor. Tiene la mirada intensa y curiosa. Happiness esboza una sonrisa tímida y me reta desconfiada. Recuesta la cabeza sobre el cuaderno que está repasando, y se tapa la cara cada vez que me intereso por ella.

Les pregunto qué están estudiando, y me abren el cuaderno en la lección de "Life skills", habilidades para la vida. ¿En serio? Me encanta. Y ahí empiezan a recitarme definiciones monótonas de "habilidades para la vida" y de los elementos que las componen: conciencia propia, comunicación,...

Recitan y recitan abriendo traviesamente el cuaderno cuando se traban en alguna palabra.

.- ¿Y qué habilidades para la vida crees que tienes? le reto a Happiness.

.- ¿Tener yo? Querrás decir, tendré el día de mañana.

.- Pues yo te veo una ahora mismo.

Happiness hace un gesto de, anda ya. Y recuesta la cabeza de nuevo como derrotada.

.- Esa sonrisa que tienes es una habilidad que lo mismo te lleva lejos.

Happiness cambia de tema y te pilla desprevenida, Maite:

.- Y tú, ¿cual es tu sueño?

Y tú, Maite, pones cara de, ésta no me la sé.

Yo, sorprendida de que enmudezcas. Lo dejo para luego.

.- Yo quiero ser azafata de vuelo, retoma Happiness. Para ayudar a las personas a que vuelen de un país a otro, de manera segura.

Bonita misión, sí señora.

Poco a poco tenemos diez niños alrededor de una mesa, muchas preguntas y poco material. Nos preguntan por los husos horarios, así que dibujamos un improvisado mapa del mundo donde me avergüenzo de dejar Africa demasiado pequeña sin querer.

Me preguntan por Trump y aunque me han pedido en nuestra reunión mañanera que no nos posicionemos ni política ni religiosamente, no puedo ocultar una mueca de desagrado.

.- A nadie que viene aquí le gusta Trump - dice Suzan con tono de curiosidad.

Happiness regresa por detrás con un diccionario y me lo abre en la H para mostrarme la palabra "hostess" y recorrer con su dedo índice su significado, insistiendo en su sueño y afanándose en que no se lo quite nadie.

.- ¿En qué trabajas? me pregunta.

-. Intento buscar personas que hacen falta para trabajos y ayudo a personas a encontrar trabajo.

.- ¿Tendrás un trabajo para mí cuando acabe de estudiar? me pregunta no sin cierta apatía y escepticismo.

Ojalá.

Aquí en esta mesa, se me ocurren decenas de materiales que me hubiera gustado traer de casa para hacer con ellos, ese puzzle del mundo, o esas barajas de cartas que andan por casa y nadie las toca.

Antes de irnos le he preguntado a Happiness si hay algo especial que le apetezca que hagamos el próximo día.

.- Pulseras, podríamos hacer pulseras.

Porque los demás niños se han marchado en estampida a comer, pero Happiness se queda rondándonos hasta el final, sigue desconfiada irremediablemente, pero busca algo que todavía no alcanzo a adivinar.

Y pienso en esa cajita con hilos y mil piedrecitas de colores y formas y letras para hacer pulseras, que lleva meses abandonada en una estantería de vuestra habitación. La cajita de Happiness y nosotras sin saberlo.

Dejamos el orfanato atrás entre los caminos de tierra para acercarnos a pie a la carretera principal, desde la que tomar un coche que nos devuelva a casa. La humedad, el calor del mediodía, y el intenso tráfico, ya en una zona transitada, tienen poca compasión con vuestra niñez occidental.

Julia, veo tu cara derrotada de cansancio, tus gotas de sudor caer por la mejilla y toco tu espalda empapada bajo el vestido, mientras nuestro Uber da vueltas en el mapa y no acaba de llegar. Pienso que, este momento, del que yo misma tengo poco ancho de banda, me lo vas a recordar en alguna ocasión.

De vuelta a casa, repasamos, como cada tarde, el mejor y el peor momento del día. Ahora te toca, Julia.

.- Lo mejor, que los niños, aunque eran mayores, han querido jugar con nosotras.

.- ¿Y lo peor? - te pregunto, preparándome para tu disgusto por haberte puesto un poco al límite de regreso a casa.

.- Lo peor, que esta mañana no me habíais esperado nadie a desayunar cuando me he despertado. Por eso estaba enfadada.

Manda narices.

PD. Tito ha vuelto.








Sunday, April 14, 2019

Mbudya y el paraíso a dos ruedas


Día 3

Once años faltan para que cumplas 18 Julia y podamos seguir los pasos de Germán. Esos son 62 y 56 de los nuestros, tela.

Hoy domingo, entre arena fina blanca y aguas cristalinas de la isla de Mbudya, en el archipiélago de Zanzíbar, hemos viajado en nuestras cabecitas por todos los rincones del mapa con Germán, un argentino que lleva ocho años dando la vuelta al mundo en su motocicleta.

Estábamos todavía sentados en el barco que nos acercaría a la isla desde la península, Morena, Ana, Sunday y nosotros cuatro, cuando se ha subido en el último momento Germán, que nos ha oído hablar español. Y claro, hemos tirado del, qué te trae por aquí.

.- Ay, de vuelta al mundo, que guay.
.- ¿En moto? 😳 Guau. ¿Y cuánto tiempo llevas?
.- 8 años.
.- ¿Perdona?

Lo primero que me viene a la cabeza es cómo se financia uno eso, pero nos hemos conocido hace dos minutos exactos, así que reviso mejor mi repertorio de preguntas menos arriesgadas.

.- ¿ Con cuanto tiempo lo preparaste antes de marchar?
.- 30 años. Pasé 30 años de mi vida planeando este proyecto.

Touchée.


Ocho años en motocicleta, con su mujer Claudia, que ha volado a Argentina para el nacimiento de su primer nieto y regresará en breve para seguir el viaje juntos. Años que dan para unas cuantas historias, de fronteras imposibles, de papeleos farragosos, de accidentes en la selva del Amazonas o de escayolas improvisadas en el desierto australiano con dos ramas y una botella de coca-cola.

.- Esperamos a que el pequeño de nuestros tres hijos cumpliera los 18 años y salimos de Ushuaia a Alaska. Claudia se despertó una mañana en Bolivia apenas habíamos salida de casa diciendo, ¿pero qué estamos haciendo? ¡Nos necesitan, regresemos con los chicos! Pero un día, la mediana, que es la administradora de la "plata", dijo, hermanos, llegó la factura de la luz, tenemos que hacernos cargo. Y el pequeño dijo, ah pero, esto de la luz, ¿hay que pagarlo?

Y ahí pensaron que, seguir rumbo a Alaska en su motocicleta, y de ahí saltar océanos, era otra manera de hacerse cargo de los chicos.



Germán habla de sus aventuras en carretera con la misma armonía con la que habla del arraigo a su familia. Es listo, intrépido, y disfrutón, después de tantos años le sigue fascinando cada regalo de la naturaleza y cada nuevo encuentro. Tiene tan los pies en la tierra que hace más meritoria su hazaña si cabe. Un segundo está relatando un episodio de arresto en la selva, el siguiente exhibe orgulloso una foto de su nieto. Y mira a Morena con ojos tiernos de abuelo.


Ajenas a las proezas de Germán, solo conseguiréis aterrizar su aventura cuando os subís al final del día a su BMW, ante sus maletas tatuadas con pegatinas de todos los países que ha recorrido hasta ahora. Os quedáis como siempre en las pequeñas cosas del momento, huyendo de un cangrejo blanco gigante que os mira de reojo entre la arena, buscando con papá peces que no se dejan ver, dando botes en el maletero del coche de Ana o comiendo pescado a la parrilla con las manos.



.- Maite, vete a lavarte las manos al agua, mira cómo las tienes.

.- Que no, mami, ¡que me voy a chupar tooodos los dedos!

Comentamos con Germán, Sunday y Ana el placer de comer con las manos.

.- ¿Y entonces por qué en casa nos insistís tanto con los cubiertos?



Os hablo del baobab que habíais visto en cuentos y que aquí en Mbudya nos observa imponente mientras nos bañamos en el mar.

.- Chicas, tener un baobab aquí, en una isla paradisíaca, es un regalo de África - insisto, poniendo en valor la oportunidad única de estar aquí hoy, por si os da por pensar que esto es el pan nuestro de cada día.

.- De los días de cole que vamos a perder, ¿podemos pasarlos todos aquí?

Yo estoy por colgar la hamaca de una rama del baobab y saltarme lo que queda de curso.



Esta noche en Azura, nuestra residencia, hay una celebración de boda. Él cristiano, ella musulmana, como buena representación de las dos religiones del país. Un estridente escenario sobrecargado de flores con tronos blancos rimbombantes para los novios preside la disposición de mesas redondas con mantel rosa de brilli brilli, invadidas por un dron que se pasea por las cabezas de los invitados.

Un animador del cotarro se encarga micrófono en mano de amenizar durante horas y horas con cierta parsimonia a los comensales que apenas hablan entre ellos, y hasta acerca el micro a la afortunada que recibe el ramo - yo pensando, ya verás, todavía le entrevista el tío!


Un grupo de invitados sale al escenario a ofrecer un baile a los novios, con pasos en línea repetidos en las cuatro direcciones al puro estilo "Saturday night" de los noventa. Tres hermanos espigados de pantalón negro estrecho, camisa blanca y pajarita mueven el culo en pompa con la gracia que les da la raza.

.- Maite, hija, una persona negra siempre nos dará mil vueltas bailando, lo llevan en la sangre.
.- Oye, mami-, con tono de, no seas así y me quieras cortar las alas.

Como colofón de un día magnifico en la isla, observamos la eterna celebración agazapados detrás de la mesa de mezclas del DJ, para que no se nos vea en la oscuridad, como niños hambrientos que no han sido invitados a un ágape.


Y no, hambre no pasamos porque tenemos en casa una nevera última generación y una mini cocina humilde. Eso sí, la nevera funciona hasta que se agota la electricidad que hemos cargado en nuestro bungaló - esto va como el ticket de aquellos parkings callejeros antiguos que se quedan a cero y salta la banderita roja, y ayer nos quedamos a oscuras. Por cierto, tal y como nos pasó en el aeropuerto recién llegados. Sí, el aeropuerto, a oscuras unos minutillos, aquí paz y después gloria. La cocina es más bien territorio de las hormigas-amigas, ayer contamos una familia de cientos explorando el interior de una barra de pan olvidada en un armario.

Aquí el género es escaso y poco variado, así que la comida toma una dimensión de otro planeta. Hasta hemos contado las lonchas de un paquete de paleta de jabugo envasado al vacío que ha llegado en una maleta, y las hemos dividido por los días de estancia.

.- Yo lo dividiría entre dos primero y le dejaba la mitad a papi para el mes que le queda cuando nos vayamos.

Maite, te como.

Y suerte, Germán, nos vemos en 11 años... o antes, ¿no?







Saturday, April 13, 2019

Swahili nivel medio



Día 2

Crisis. Tito, el osito con el que duermes Maite desde el día que naciste - literal - se quedó en el taxi de llegada y anda perdido por Dar es Salaam. Esto, que suena a coña, es un drama. Me viene a ratos la imagen de Tito en los brazos de otro niño, tirado en la alfombrilla de un viejo coche tanzano o abandonado en un arcén.

Papá ha intercambiado un par de WhatsApps en su swahili nivel duolingo con nuestro conductor de ayer para ver si tiene información del paradero de Tito, pero cuando ha recibido un "Lakini Ela ya mafuta hutanipa", no nos ha quedado más remedio que echar mano de Google Translator que rezaba así: "but Ela´s oil will give me". Virgencita.




El conductor trabaja al lado de las oficinas de papá, así que jumatatu - el lunes- veremos si nos devuelven a Tito o qué. Cuando le he dicho que era un osito "very special for my girl" nos ha subido el precio del taxi para que volvamos a quedar, así que, en este plan, llevaré recompensa en un maletín.

Mañana de actividades alrededor de la piscina, como buen hotel de vacaciones que se precie, si no fuera porque hoy os habéis entregado, con vuestro padre y tres lugareños, a una clase de aqua aerobic con botellas viejas llenas de agua a modo de pesas. Papá y su modo "me apunto" de estos últimos meses.



Nos encontramos por fin con Ana, que llega a buscarnos tres horas de reloj después de lo que habíamos quedado, yo doy vueltas como Chiquito de la Calzada y empiezo a pensar que tengo que tomarme los ritmos africanos con más humor. Bonito momento, han pasado 5 años desde la última vez que nos vimos, en una aventura tanzana muy distinta a ésta, y parece que ha sido hace un chasquido.

Ana nos lleva a un vegetariano jamaicano que comparte negocio con una especie de vinoteca, impulsada por tres mujeres emprendedoras de la zona.


La Srta. Hacendado se tuerce con tanta berenjena, tofu y bolitas rellenas varias, y eso que los platos del Kingston, no solo están deliciosos sino que tienen una presentación impecable. Acabamos tirando de la carta del restaurante contiguo, para pelearnos con un pollo con arroz y judías, y un lobster mac & cheese de poco éxito. Lo que te rondaré morena.



Y aquí comienza nuestra peregrinación de Uber tanzano. Una aplicación que ha llegado al país y ha acabado con el encanto de las negociaciones eternas a pie de calle de unos centimos arriba o abajo. Yo, que sigo trabada en mi nivel iniciación "Karibu, Asante, Asante sana" como mucho, que me daría para poca negociación, prefiero darle al botón y pedir online un Uber bajaje, una especie de moto de 3 ruedas con caparazón, donde cabe el metrito cuadrado de nuestra familia.

Las hay de distintos colores, y Uber te avisa, no solo del nombre de tu conductor, sino también del color de su bajaje a modo de matrícula. Lo malo es que a veces llega otro conductor, igual pariente del usuario del supuesto conductor, con un bajaje, lo mismo de otro color. La globalización de la tecnología, pero sin estresarnos mucho.


De los tres bajaj que hemos cogido hoy, todos sin excepción se han perdido para llegar a buscarnos. Según Ana, en Tanzania no saben leer mapas, así que conseguir que el conductor te encuentre, pasa por dos o tres llamadas de teléfono - en Swahili-, para explicarle, a la altura de qué árbol y puesto callejero te encuentras. Yo observo boquiabierta, intentando interiorizar la operación, ya que a partir del lunes nos tenemos que buscar la vida las tres solas para llegar a la ONG que está en un pueblo al norte. Cada vez que papá dice, -pero si es muy fácil mujer-, y se pone a intercambiar palabrejas con el conductor por teléfono mientras vemos el cochecito desviarse una y otra vez en el mapa de Uber, me entran los siete males.



Creo que habéis descubierto vuestro parque de atracciones particular, a ritmo de moto de colores, sorteando el tráfico entre baches, arcenes y frenazos. Os turnáis para el asiento de la puerta, "el que no tiene puerta", para sacar la mano y saludar a los transeúntes a modo reina de Inglaterra, versión eufórica. Será también porque aquí se conduce por la izquierda y las cerraduras se abren en sentido contrario a las agujas del reloj. Rebeldía de la herencia commonwealth.

Inspirada en el paisaje, hasta has hecho la conexión, Maite, de que esto te recordaba a Cartagena. Me quedo pensando y no me atrevo a preguntar por qué. Y deja por favor esa mano dentro del habitáculo, que vamos a adelantar a algún paisano de los que llevan largos tubos o vigas por el arcén, y te la van a cepillar en una de estas.


Llegamos por fin a casa de Ana a conocer a Morena, que ve en tus gafas, Julia, las primeras de su vida. Papá ataca la hamaca colgada de la pared que lleva su nombre y tarda un suspiro en entregarse a morfeo. Escudriñáis cada elemento del plato vegetariano que tiene Morena como cena, y pienso en los hijos que hacemos las madres. Recuerdo mi difícil relación con la comida en mi viaje a Tanzania hace 5 años, y sufro hoy cada vez que os ofrecen algo nuevo. Venimos entrenadas de casa, y hemos acordado que probaremos por lo menos una cosa nueva al día.

Hoy ha tocado la papaya, unos huevos con ligero sabor a pescado - del pienso que comen las gallinas - y un helado de vainilla de supermercado, de marca desconocida. Lo que se llama salir de la zona de confort, vamos.


Mientras esperamos a que llegue Agustino en su Uber rojo a la salida del supermercado, os animo a jugar en un parque repleto de niños. Según pensaba yo, -qué bonico, mis hijas las únicas blanquitas del lugar, si al final los niños son niños en todas partes del mundo-, de repente, como aquel chiste del macarra en un apagón de un tren que le da un guantazo a un cura por la cara, tu llanto desconsolado, Maite, me devuelve a la realidad.

.- Mami, un niño me acaba de dar un manotazo en toda la cara, así porque sí, ¡y encima se echa a reír y todos los niños con él! ¡Y luego ha salido... rodando!



Y mientras buscaba mi argumento para consolarte y que entendieras qué podía haber pasado... (puede que aquí un guantazo en el parque antes de salir rondando... ejem... quiera decir, su intención... igual... ¿y si voy y le devuelvo el guantazo al niño y le ayudo a rodar mejor?), en ese segundo, apareces tú, Julia:

.- Mis chancletas purpurina, han desaparecido!

Gracias a que está ya anocheciendo, consigo, entre tus sollozos, Maite, ver brillar los pies de una niña correteando.






En ese momento no hemos piado, y hemos recuperado por suerte y en silencio cobarde las chancletas, que la niña de trencitas saladas se ha quitado con la misma despreocupación con la que se había calzado. En el último bajaje, papá nos da las claves para haber reclamado esa chancleta como un local: Biatu jangu! o lo que viene siendo "zapato-mío".

De regreso a casa, con la brisa de la noche que suaviza un largo día de calor pegajoso, asistimos las tres, ojopláticas, a la conversación entre papá y Agustino con tanta naturalidad, que habéis interiorizado que vuestro padre es bilingüe en Swahili.

.- Vamos chicas, a la cama-, en casa después de cenar, en tono de "no lo repito más".

.- Maite, alargando, con tono de interés: .- "Papá, ¿como se dice "a la cama" en swahili?"



Friday, April 12, 2019

Mi piel rara

Día 1

Caos en el aeropuerto de Dar Es Salaam. Solo había otro niño, él africano, en nuestro vuelo. Ya desembarcados de camino al control policial, un tipo occidental, con barba de 4 días os mira entre la locura de gente buscando un sello para el visado, ve mi cara feliciana, y me ha hace un gesto de “vaya huevos tienes”. Y entre flashes de, tendrá algo de razón, me recompongo y me digo, tú a lo tuyo, Leyre.

Intento encontrar el sentido a cómo funcionan las filas, las ventanillas y el orden, con mi mentalidad occidental, hasta caer en la cuenta de que no, que aquí no hay reglas, y sálvense quien pueda. Bueno, claro que hay una lógica, obvia para ellos, quizás más peliaguda para nosotras. Mientras espero de pie en mitad el caos a que me devuelvan los pasaportes, os veo tranquilas, debéis percibir la familiaridad y buen rollo en el ambiente, porque decidís ir solas al baño a cambiaros, Júlia más fresquita y Maite a tu camiseta de “Daddy is my super hero”.

A empujones conseguimos el visado que nos dejaría estar un máximo de 3 meses en Tanzania. El policía último en la cadena para comprobar que todo está en orden y dejarnos entrar, coge nuestros pasaportes, y sin abrirlos, dice hala, pasad. Creo que nos llegamos a saltar las filas, los empujones, los 50 dólares, el sello y la espera, y habríamos pasado igual. O no.

Júlia se adelanta y oigo un Papaaaaaaaaa a lo lejos, parece que nos hemos reencontrado. Javi nos recibe guapetón, con mi camisa preferida, afeitado y pelo más largo que cuando le dejamos. Se mueve ya como pez en el agua después de un mes aquí, dice que no entiende mucho pero yo le oigo hablar Swahili por los 4 costados. Karibu, familia. Asante sana.

Dar es Salaam se viste de mucho calor, humedad, y un chaparrón que chafa momentáneamente el negocio a los cientos de puestos al borde la carretera de camino casa.

.- Mamiiii esa señora hace equilibrio con un cubo con salchichas en su cabeza -, Júlia, no das crédito. Y otra! Y otro!

Nos ofrecen todo tipo de comida y cachivaches por la ventana, a los que respondéis con curiosidad, que atrae, cómo no, más personas con más cachivaches.

Llegamos a casa, un bungaló en una residencia frente al mar, a modo de club de ocio deportivo para los locales, con pistas de tenis, piscina, y algunos bungalows disponibles, del que Papá ha hecho su hogar. Él nos lo ofrece con orgullo y yo con mi mirada extraña, lo veo decadente, marrón, muy marrón todo.

Antes de dormir, os sentáis a escribir vuestro diario de viaje - -¡esas buenas costumbres! - bajo la mosquitera de vuestra cama, de la que empezáis a hacer vuestro refugio mágico.

Maite, te miras a las piernas y compartes en alto:

.- Mami, he visto tantas personas negras hoy, que miro mi piel y me parece rara.



Thursday, April 11, 2019

Mi primera Africa



Día 0

Esta semana creo haberos dado una mala noticia en el desayuno.

.- Chicas, siento anunciaros que no hay Mercadona en Tanzania.

.- Anda ya, no va a haber Mercadona, - espeta Júlia aferrada a su rutina de sota, caballo y rey hacendado.

Desde que abristeis esos ojillos caramelo al mundo, hacía las cuentas de cuantos años tendrían que pasar hasta que pudierais pisar Africa con nosotros. No sé si es pronto o tarde, pero lleváis un mes sin ver a papá y qué mejor excusa que ir a buscar su abrazo donde haga falta.

Nos esperan 7 + 5 horas de vuelo, vía Dubai, con 72 pelotas de tenis - larga historia - y, confieso, algún que otro producto Hacendado en las maletas... Con muchos nervios, allá vamos Dar Es Salaam!! Jambo! 😊


Tuesday, May 15, 2018

El vacío en una caja de zapatos

Ayer me sentí fatal. Y tuve demasiada vergüenza como para pedir perdón.

Esperaba en la cola del autobús en Dallas para regresar a casa en Austin con mi familia. Delante de mí, un chico de aspecto hispano, con tatuajes en el cuello y mirada intensa, sostenía encima de su cabeza una caja con dos pares de zapatillas y algún trapo que no alcanzaba a ver.

Mientras agarraba mi bolso, mi iPad y mis cosas, pensé, qué pinta de haber pasado por la cárcel. Ni siquiera pensé, que pinta de malo, solo me vino la visual de ese tipo dando vueltas en un patio penitenciario, no se por qué.

Me subo al autobús, despliego el iPad y el ordenador a la vez para trabajar con dos pantallas de camino a casa, hasta que el tipo, que andaba sentado por los asientos de delante, se acerca, se sienta en el asiento contrario del pasillo y me pregunta, con tono auto controlado y en un inglés perfecto, como de haber nacido en este país en segunda generación de hispanos:

.- ¿Tienes un teléfono que te cargue por los mensajes?

No entiendo bien su pregunta pero reacciono a la defensiva con lo primero que se me ocurre:

.- Lo siento, tengo un teléfono de empresa y no lo puedo dejar.

Se levanta impasible, sin desprecio, sin esperar nada o vete a saber, quizás con decepción encubierta, y repite la escena con la chica que se sienta justo detrás de mí, y oigo:

.- ¿Tienes un teléfono que no te cobré por los mensajes?

Entiendo mejor ahora su pregunta. Y la chica va un paso más allá que yo y se interesa:

.- ¿Qué necesitas?

.- Acabo de salir de la cárcel y quiero avisar a mi hermano de que llego a San Antonio.

Joder.

No tengo ni idea si han sido 6 meses o 15 años los que llevabas entre rejas, si fue por algún acto estúpido de tu juventud, si mataste a alguien que podía haber sido mi hija. Solo se de tu caja de zapatos, y de tus trapos que ahora veo que son dos cambios de ropa, uno de ellos tu propio uniforme de presidiario.

Te cambias dos veces en un trayecto de 3 horas, fumas en cada parada, tienes mirada de dolor, de indiferencia, de carga, de intensidad, de no esperar nada de la vida y de esperar todo, de haber esperado, igual de haber esperado desde pequeño a que tú madre volviera a casa, haber esperado que tú padre dejará de pegarla, haber esperado que cuando creciste y pudiste liberarte de una infancia difícil, haber esperado que alguien tomara las buenas decisión es por ti.

Haber esperado que un acto cruel e impulsivo no tuviera consecuencias, haber esperado que aquellas rejas solo fueran una pesadilla de la que despertarias cada mañana, durante años, cada día. Haber esperado el día en que te dieran tu caja mientras abrían la ultima puerta de la cárcel para dejarte marchar. Haber esperado montarte en un autobús y que alguien te dejará llamar a tu hermano para avisarle de que por fin volvías a casa.

Y te encuentras con una tipa enfrascada en su iPad, con su tacón y sus gilipolleces de primer mundo.

¿Qué necesitas?

Dos palabras. Qué necesitas, joder. No es tan difícil. Pero si es una de mis preguntas favoritas! Escuchar. No lo que yo creo, lo que deberías, lo que te voy a dar aunque no me hayas pedido, lo que creo que te hará bien. No. Dime qué necesitas, como te puedo ayudar.

Me quedé en mi asiento, petrificada, mirando por la ventana, con la piel de gallina, la lágrima en el ojo y el corazón encogido. Gillipollas que soy. Me sentí ridícula con mi iPad y mi tacón y mi teléfono.

Llegué casa cansada después de una semana difícil, se lo conté a Javi y me eché a llorar en sus brazos como una idiota.

Maite me ve llorar y me dice,

.- No he entendido bien, mami.

Me siento con ella, mientras ordena las piezas de su puzzle, le cuento la historia nuevamente con más calma, piensa y pregunta:

.- ¿Y por qué no usa su propio teléfono para llamar a su hermano?

.- Cariño, cuando sales de la cárcel no tienes teléfono.

A tenor de tu mirada con aquella caja, cuando sales de la cárcel debes de estar vacío, por fuera y por dentro.

Perdóname, chico de la caja de zapatos. Perdóname pq de repente vi en ti a muchos niños de la edad de mis hijas que no tienen a nadie que les quiera, les atienda, les respete, les ayude a crecer. Y se buscan la vida a palos. Y acaban tomando malas decisiones y entran en una espiral de la que es jodido salir. Ojalá salgas.



Tuesday, February 28, 2017

Entre eñes y uve dobles


Mami tiene la cabeza llena de palabras desordenadas, como fichas guardadas a presión en una caja vieja de scrabble que se ha quedado pequeña. No sabe ni por donde empezar. 

Bueno desde hace unos días parece que ya le sale alguna palabra de esas del diccionario. Ha tenido días de zetas y equis y haches amontonadas y no sabia que hacer con ellas. 

No sé porqué se ha puesto tan nerviosa. Quería que le salieran palabras enteras y largas y perfectas y que no quedara ni una ficha en la caja. Hasta creo que buscaba frases con sentido, de las que ni piden en las reglas del juego.

¿Yo? Yo me lo estoy pasando pipa sacando las fichas una a una, pongo una letra boca abajo, le doy la vuelta, la meto en la caja, y saco otra. O dos más, según me dé. 

Bueno vale, a ratitos echo de menos mi habitación y los muñecos que no cabían en la maleta, pero me abrazo a mi pitufina, mi berenjena y mi mono que habla. Y se me pasa.

A veces pienso en Tamara y en Nuria y en Ana, y de repente Mrs Lowe me envuelve con un abrazo de oso y se me olvida. Al principio no le entendia, hasta que un día me rodeó con cuidado con sus brazos entre su melena rubia mientras escuchaba su "grrrrr' de mamá oso. Y yo le respondi con un "grr" de bebé osito. Tal y como me pidió. Y mola. El otro día hasta me atreví a pedírselo a todo pulmón en la pizza party: I want a "hug of bear"! Le costó entenderme porque parece que aquí ordenan las palabras al revés pero, cuando gruñimos cabeza con cabeza, hablamos el mismo idioma.

Me había acostumbrado a cumplir los años la última de todos mis amigos, justo antes de comer las uvas en navidad. Creo que la paciencia me viene de ahi. Y he tenido que venir muy lejos para poder ser la mayor de clase y la primera en cumplirlos. Claro que aquí los amigos no escriben ni leen. Así tengo más tiempo para bailar y pintar.

El otro día nos pusieron un sello de manos de colores y me hizo pensar en Gaudem. Y claro que echo de menos mi cole. Pero aqui, con el trajín de un cole a otro, casi no me queda sitio en la cabecita para acordarme. No sé si soy morruda por tener dos coles pero mi mami me lo ha contado así tantas veces que debo de tener suerte. Y sobre todo me he acostumbrado. A todo. A todo lo que ocurra tres veces seguidas. 

A las 10:30 Mr. David nos recoge a cuatro amigos de clase en un autobús amarillo gigante de esos que salen en la tele, para nosotros solos. Mr. David le contó un día a mami que sueña con tener un pasaporte o algo así. Ella casi no le entiende cuando habla porque dice que parece que masca chicle, pero yo solo veo brillar las pegatinas que nos da cuando subimos a su autobús. Pues claro que me entiendo con él Mami. Hoy Mr. David está en su "día fuera" (me han dicho "his day off" cuando he preguntado por él y así lo he contado en casa) y le echamos un poco de menos, a él y sus pegatinas de corazones.

En mi segundo cole sí que soy la mayor de todos todos, algunos amigos tienen tres años y todo. Mi mami le da dolores de cabeza a Miss Jessica para que me haga escribir. Se lo pregunta todos los dias cuando me recoge. A mi me da igual, pero si me lo piden ellas yo lo hago porque me gusta verles contentas. 

Hoy he vuelto a casa con una hoja en la que he escrito "my daddy watches basketball" en grande. Debía de ser algo muy importante porque Papi y Mami han soltado grititos al verlo, me han dicho cosas bonitas y lo hemos puesto en el museo.

El museo es el suelo de la habitacion vacía de mis papis, donde se mantiene en pie - si no lo tumba el viento - todo mi "artwork", creo que se decía "dibujos". He oído que no quieren decorar la casa ni colgar cuadros ni comprar muebles porque hay mucho ruido y no les gusta y quieren buscar otra casa. Yo no oigo los ruidos cuando saltamos en la colchoneta y buscamos formas a las nubes. A mi me gusta nuestra casa porque podemos contar los bichos bola de camino al cole y patinar al YMCA y Alice vive cerca y puede venir a visitarnos en su bici. 

Y no solo a Papi le gusta el basket. En Madrid me llevó un día - mola hacer un plan con Papa, él y yo solos. Y aquí hay tanto basket en la tele a todas horas que me ha acabado gustando de tanto acurrucarme con él y ver saltar a esos gigantes. Nuria decía que escribiéramos hacia la derecha que si no los gigantes que viven a la izquierda se comen las letras. Igual son ellos.

El otro día, aunque era jueves y había cole, Papi nos llevó al basket a todos después de cenar. Molan las bailarinas con trajes brillantes, las cheerleaders con sus pompones y comer palomitas por la noche. Y sobre todo cuando te buscan con las cámaras para que bailes y hagas tonterías y salgas en la tele. No salimos. Vaya. Quiero volver otro día y hacer mas tonterías.

Estamos preparando una función de ballet con Miss Jillian y hasta un teatro musical. El ballet me chifla porque llevamos también zapatos negros de claqué que hacen ruido. En el musical soy la mas peque de todas y algunas cosas son difíciles. Yo miro, escucho, observo, parece que no hago mucho pero aprendo despacito. Y cada día canto y bailo con mas ganas nuestro "follow me, lets do something crazy". Mi mami me ve a veces triste durante la clase a través del cristal, pero yo salgo con cara de habermelo pasado genial y repito las canciones con mi hermana de camino a casa por Avery Ranch Boulevard. Es que yo lo disfruto por dentro.

Después de acompañar a Maite a sus clases de gimnasia, un día me di cuenta que el super gimnasio de Capital Gymnastics se parecía a mis clases de Psico. Y de repente sin pensarlo (bueno, más bien pensando que igual yo también era capaz) le pedí a Mami que me apuntara. Ahora hago cartwheels y handstands mientras me empujan el culete las monitoras. Pero para mí es como si lo hiciera sola.

Molan los kids night out. Son fiestas de noche para gimnastas, con baile y piruetas y araña peluda y hasta artwork. Sigo siendo de las peques, pero Cloe, la amiga de clase de Maite, me ayuda a salir cuando me quedo enterrada bajo bloques de caucho al saltar desde lo alto. Muy alto. Super alto. Desde allí en la dance party me miraba al espejo y bailaba como si nadie me estuviera mirando (es que creía que nadie me miraba!). Dice Mami - ella siempre esta mirando - algo de que ese día vio la mejor versión de mi misma. Versión. Será del scrabble.

Cada clase, cada cole, cada extraescolar, es en un sitio distinto y tiene amigos diferentes. Caras nuevas, niños que no conozco y que me hablan raro. A los sitios a los que no he ido todavía tres veces, suelo tragar saliva en la puerta antes de entrar. A veces me duele la tripa, a veces agacho la cabeza, pido rescate, me hago pequeña. Pero creo que me han contado tantas veces que todo esto me va ayudar a crecer - y es verdad que me empieza a valer la ropa de mi hermana - que no suelo decir nada ni miro hacia atrás. Entro en mi nueva clase, me siento en una esquina si puedo, y pongo toda mi cabecita y mis ojos en escuchar a las profes y lo que esperan de mí. Yo siempre hago lo que se espera de mí. Me gusta ver contentos a los demás, eso es fácil.

Mami me prometió que si nos mudabamos me hablaría en español, ella y la tele, por fin! Ahora vemos Panda y la cabaña de cartón. Y ahora le entiendo todo a ella y le puedo preguntar lo que significan las palabras nuevas. La de cosas que me perdía antes por no entenderla y ella no se enteraba.

 Y después de todo un dia, dos coles, un autobús con pegatinas y clases de baile y música en ingles, juntarme con Mami y Maite al acabar el dia y decir tonterías en español es como el mejor de los recreos. 

Y si, claro que echo de menos a mis amigos de siempre, los que me sacan mi lado loco y con los que haría fiestas de pijamas todas las noches de mi vida si no tuviera que pedir permiso.

Pero aqui, cuando veo a Patricia, Irene, Ines y a todos los amigos de Madrid que hace poco ni conociamos, y a cualquier niño del mundo que hable español, como mi amiga Vivi, noto como si alguien me soplara en la mejilla para darme aire fresquito. Y cuando como tortilla de patata. Y chorizo de un señor que se llama Fermín. Y galletas Maria. Me ayuda mucho a que no se me olvide quien soy. Que a veces de tanto tragar saliva me pierdo.

Algunas veces pregunto cuantos días llevamos aquí y cuantos quedan. Papi y Mami parece que no tienen prisa por volver. Papi mola porque él siempre está bien si nosotras estamos bien. Y Mami por lo menos ha dejado de llorar por tonterías - a mi me entraba la risa de verla mientras le secaba las lágrimas con un dedo. 

La he visto coger la caja de scrabble, sacar las fichas, ponerlas en orden y revolverlas de nuevo. A veces le sale alguna palabra mágica, a veces va al diccionario a pedir ayuda, a veces se queda mirando la zeta y la eñe y yo le saco una uve doble. A veces se harta y mete todas las fichas en la caja estrujadas y sin orden. Y se va, lejos del ruido, a tomar el aire. Que aquí el invierno es primavera. 

Y sobre todo, ya se ríe. Nos reímos todos. Porque como nos dijeron las primas una vez que oyeron en una canción de la Oreja de Van Ghog, "nuestra patria está donde estemos los cuatro". No sé muy que es eso de la patria,  pero creo que tengo todas las letras. ¿Jugamos?

Fotografia de Leticia Varela