Sunday, April 21, 2019

Bwana Mtoto



Día 10

.- Lo siento, chicos, oigo que se disculpa Ken mientras nos escondemos de la lluvia bajo una sombrilla de paja en la arena.

.- ¿Qué pasa? 

.- Que no hay coco. Con la lluvia que está cayendo, resbala demasiado para subir al árbol.

Just in time a lo africano. Cero stock en el chiringuito de la laguna en la desértica playa de Kidagaa.


Cuando prevés un fin de semana en la playa, no debería dar juego para imprevistos. O sí. 

Aquí. Siempre. Pasa. Algo.

Bwana Mtoto, el todoterreno de Ana que hace años trepaba por las montañas, sigue en forma. Tomamos los siete dirección sur por el índico hasta llegar al faro de Kidagaa beach, tres horas desde Dar. Os acopláis en el maletero del coche, recostadas en un inmenso cojín de tonos marrones al que le habéis cogido ya el gustillo. 



.- Chicas, hoy no hace falta cubrirse.

Cuando vamos con los chicos al orfanato, a Kunduchi o a cualquier pueblo, tenemos cuidado de taparnos los hombros y las piernas razonablemente, por respeto a la tradición, a pesar del calor y la humedad.

Pero hoy, que vamos de casa a la playa en coche, bikini, vestido de playa y a correr.

Diez minutos después, estamos en el garaje de un ferry, rodeados de cientos de personas cubiertas hasta las cejas, esperando para tomar el barco que salva el Mzinga Creek y llevar de vuelta a casa las compras del mercado de la ciudad. Nosotras ideales con nuestro atuendo veraniego. Como si ser blanco no fuera suficiente. 

Julia estiras la falda lo que puedes, con esa sensibilidad a la discreción tan puramente tuya.

.- Mami, quiero un pantalón. 

Too late.


No sabíamos que tenemos que bajarnos del coche y entrar en el ferry como pasajeros. Las fotos están prohibidas aquí, así que dejo el teléfono y con él me pierdo miles de instantáneas en la media hora larga que dura la experiencia. O me las quedo en mi retina mejor. 

Esperamos detrás de unas rejas oxidadas a que bajen los pasajeros del ferry que acaba de llegar. Un sinfin de mujeres desfila con sus telas de mil colores y sus pañuelos en la cabeza, portando cubos en perfecto equilibrio. Varios hombres cargan, sobre viejas bicicletas, cestas cedidas al peso de decenas de cocos. En un movimiento tranquilo y estudiado, encuentran con pericia el equilibrio para subirse al pedal, sentarse en el sillín y emprender la ruta hacia el mercado. Hay caos y todo está en equilibrio.

Se vacía por fin el barco y se abren nuestras puertas para acceder al puerto. En un movimiento acompasado, unas veinte mujeres alrededor nuestro, que habían dejado sus compras en el suelo mientras esperábamos, se colocan sus cubos nuevamente en la cabeza, en un gesto sutil. Como el de una pieza que encaja en un puzzle con un click. Julia, tardaré en olvidar tu cara de asombro y tu boca, literalmente abierta, al observar una escena tan espontánea como brutal. Son estos pequeños momentos los que justifican un viaje.


Una vez llegamos al otro lado del río, el coche solo podrá recogernos unos 500 metros después del puerto, lo que nos lleva a caminar junto a cientos de personas, a modo de concentración en masa. Había tanta energía en tan poco espacio que recuerdo la escena con ritmos africanos, y eso que íbamos en silencio.

Una hora de carretera entre pueblos y otras dos horas de camino de tierra nos llevarán hasta el Lighthouse Beach, un hotel de 3 habitaciones sobre la playa, sin wifi ni electricidad durante el día, en un sugerente entorno de pura selva africana. De estos sitios que son difíciles de olvidar.  



Os encontráis unas escaleras de madera construidas para pasar de un árbol a otro y un columpio suspendido con cuerdas en uno de ellos. 

.- La próxima vez voy a traer aquí a toda mi clase, - sueltas convencida, Julia. 

Bajamos a la playa por un camino de piedras con cierta dificultad. 

.- ¡Aventura africanaaaa! - gritas Maite emocionada. A veces me recuerdas tanto a mi, en lo peliculera.

.- Bueno, yo he visto mucho de esto yendo a la playa de Sopelana - le bajas a tierra, Julia. 


Me esperáis al final del camino observando ya el mar, y en un acto reflejo, te colocas, Julia, la cesta de la playa en la cabecita. Te robo el momento a lo lejos. Tú y tu capacidad de amoldarte al entorno.

Nos damos un baño los cuatro para relajar por fin el cuerpo después de tanto bache en el camino.

-. Chicas, ¿nos quedamos a vivir en África? os provocamos.

Julia, hilando los sueños con lo tangible:

.- Yo me quedaría, pero tengo que ensayar el baile con Mia y con Lucía. 

Recorremos los dos kilómetros de playa, sorteando graciosos cangrejos blancos que huyen de lado y de puntillas, y se esconden en agujeros en la arena del tamaño de una pelota de tenis. Oímos un ruido sórdido en el mar. Los pelos de punta. Sigo pensando que aquello era una ballena.  



Llegamos al final de la playa, donde descansan humildes barcos de madera aprovechando una pequeña laguna que se forma. Un bar tropical, de esos con los que uno sueña desde una oficina de una gran ciudad, sorprende a Ana y Sunday, que han venido más veces a este rincón, hasta ahora siempre desierto.

.- Llevamos un mes abiertos, - nos cuenta Yuliya, búlgara, mientras su hija Savannah, con sus dos añitos, duerme plácidamente su siesta sobre un cojín, mecida por la brisa del mar. 

Se despide en ese momento de un padre americano con sus dos hijos, que luego me contará, es un militar que vive aquí en Tanzania con su familia y forma a otros militares que persiguen a los cazadores furtivos en la selva. 



El Indico está bravo hoy. Una de las amigas de Yuliya, de aspecto de Medio Oriente, nos explica que hace una semana llegó un tsunami de Indonesia que cubrió la playa por completo y el mar todavía se resiente. 

.- Viví ocho años en Madrid con mi novio Jose Luis cuando estudiaba cine. Aprendí un poquito de español con mi suegra, pero ya lo he olvidado. Abría la nevera y me señalaba, zanahoria. Soy musulmana pero me encanta el orujo de hierbas. Por cierto, ¿cómo está el PP?

Doy un trago a mi Kilimanjaro fresquita y miro al mar.



Nos reservamos la tranquilidad del lago para el día siguiente, cuando la marea haya bajado y por fin tome forma. 

Pero el domingo de ramos tiene otros planes para nosotros, la lluvia no cesa y mientras nos protegemos de ella en una de las tres sombrillas, sola la playa para nosotros, aparece un señor indio tanzano.

.- ¿Está ocupada esta sombrilla?

.- Pues sí, pero tiene Ud esta otra si quiere, - le decimos, ya chafados de que nos estropeen la privacidad.

.- Ya. Es que vengo con mi familia. Y somos cuarenta.

Mentira. Según iban ocupando nuestro pequeño rincón de paraíso y se ubicaban debajo de un toldo gigante militar, conté unos sesenta. Mínimo. 



Había visualizado un colofón de fin de semana con el sol por fin abriéndose paso sobre una laguna ya perfecta, y aquí estamos, integrados en una celebración hindú con aromas de curri, partidos de futbol estridentes y nosotros calados hasta los huesos bajo nuestra sombrilla de paja. 

.- Amo tanto la lluvia que inevitablemente juzgo a las personas por como reaccionan ante ella, - me confiesa Ana, algo inoportuna. 

Necesito un secador por dios.

Es hora de irnos, es domingo y nos quedan tres horas de vuelta a casa.

.- ¿Estará bien la carretera, con todo lo que ha llovido?

.- Sin problema, bwana mtoto puede con todo.

Ken, el marido de Yuliya, que nos ha acogido todo el fin de semana en su bar, se despide de nosotros:

.- Si necesitáis cualquier cosa por el camino, no dudéis en llamarnos.

Despedida cortés. O algo más que eso.


Bwana Mtoto, el hombre fuerte con gorra de niño como lo llama Ana, se queda enterrado en el barro en la subida después del último puente de cemento de acceso al lighthouse, que ya está parcialmente derruido.

.- Chicas, hay que salir del coche para quitar peso.

Llueve sin cesar.

Tomo a Morena en brazos, pero ella llora desconsoladamente buscando a su madre. Os pido que os metáis debajo de un matorral para protegeros de la lluvia en mitad de la nada. No es fácil avanzar en el barro, estamos en cuesta y las chancletas se quedan inevitablemente pegadas al terreno. Estáis casi por quejaros del caos, pero os distraéis  intentando calmar a Morena.

Esto no pinta bien.


Sucumbimos al barro, a la lluvia y a la madre del cordero. Vencidas ya, nos quitamos la chanclas, y subimos la cuesta empinada a trompicones, buscando piedras sobre las que apoyarnos, con la ayuda de Sunday. Todo resbala. Me acuerdo en un episodio de aquel concurso de los ochenta en el que hordas de chinos superaban pruebas imposibles mientras se embadurnaban de barro hasta las cejas. 

Veo que habéis hecho el clic de la angustia a la emoción. 

.- ¡Aventuraaaa!! ¿ No te importa que se nos manche el vestido?

Buen momento para revisar la pirámide de necesidades.  

Solo Papi consigue calmar a Morena, bajo un árbol, ya en lo alto de la cuesta. Probamos con varios árboles, más y menos frondosos, pero en ninguno encontramos refugio y seguimos calándonos. 


Al más puro guión de película, allí mismo, en ese camino que sale de la carretera donde esperamos de pie a la nada, al fondo, hay una verja que da entrada a una casa. Coña marinera. Resulta ser un lodge, vacío pero, por lo menos, con una terraza que nos cobija, y además nos regala impresionantes vistas al mar.

Ahi encontramos nuestro refugio para pasar las siguientes horas, hasta el anochecer, rescatando un poco de pescado que ha sobrado de nuestra comida y arroz con coco que hemos aprendido a comer con las manos. Seguimos solos, ya que los dos únicos hombres que había en el lodge están ayudando a sacar nuestro coche. Agradecemos que nos dejen una pequeña luz en nuestra terraza.


Desde ahí oímos durante horas los intentos fallidos de sacar a Bwana Mtoto del barro. Los hombres que pasan por la zona se van acercando. Unos llaman a otros para pedir ayuda. Otro coche consigue sacar finalmente al nuestro del barro después de varios intentos fallidos, pero al hacerlo, se queda él atrapado. Sunday se ofrece a sacarle, pero el otro coche se queda sin batería en una cadena de despropósitos. Y esto con 15 hombres opinando en Swahili sobre cómo proceder ante cada nuevo imprevisto. 

Finalmente sucumbimos al ofrecimiento de Ken, quien se acercará con su todoterreno para sacar por fin al otro coche, al que hemos intercambiado su batería por la nuestra. En la noche ya cerrada, toda una comunidad de hombres alrededor de tres coches embarrados celebra un logro común mientras regresamos a la carretera, vosotras vencidas ya de cansancio. 

Dormís en vuestro maletero durante todo el camino de vuelta sobre el enorme y mullido cojín marrón, y pienso en cómo recordaréis esta tarde de domingo dentro de unos años, porque no hay escena más evocadora del profundo sentido de viaje que la que acabáis de vivir. Con el gusto del barro, del pringue en los pies, de la lluvia en la cara, y de un pueblo volcado en que podamos seguir nuestro viaje. 


Thursday, April 18, 2019

Rutina



Día 7

.- Mami, el agua está congelada, ¡no la voy a poder beber!- tocas la botella que has dejado en el congelador por la noche.

.- Tú pon el cronómetro, Julia, a ver cuanto tiempo tarda en deshacerse todo el hielo desde que salgamos de casa.

.- No puedo, - mirando tu reloj rosa de Decathlon, ese en el que pones alarmas para todo -. Lo puse a cero cuando aterrizamos. Llevamos... 97 horas y 32 minutos en Africa. 

Agua fría, una mochila con folios y lápices de colores, una moto-bajaje para sentir el viento en la cara y acercarnos mejor a las escenas del barrio al borde de la carretera. Así arranca nuestro día, que se ha convertido en una dulce rutina, de casa al orfanato, desde que volvimos de Kunduchi. 

Hacer a pie el último tramo desde que nos deja el bajaje en la carretera hasta la puerta del orfanato es el pequeño regalo con tintes rojos de cada mañana. Son a penas diez minutos, bajo un sol de justicia, pero saludamos a los ya mismos motoristas bajo un árbol, y a tres mujeres que mueven cuencos de un lado a otro, en una chabola que hace las veces de bar. Responden con esmero a nuestro mambo! con palabras en Swahili que no alcanzan vuestras horas de Duolingo en Madrid. 


En la puerta blanca de entrada hay una bandera de la ONG, acompañada de la bandera de Tanzania y de Suiza, sede de la organización. Me encanta ver, entre cocoteros, el símbolo de un país que hace algo por otro. Hoy Evaristo, me ha enseñado un árbol de mango recién plantado.

.- En un tiempo, será como ese - me dice, señalando un imponente árbol de mango de la parcela vecina.

.- ¿Hace cuanto tiempo habéis lo plantado?

.- Hace tres meses, cuando se acabó de construir esta residencia y nos vinimos.

Ahora entiendo porqué todo tiene este aspecto de nuevo. La residencia está impecable y cumple a rajatabla con su funcionalidad. Pero en las zonas de estudio que compartimos con los chavales, todo es aséptico, como un gran garaje vacío en una promoción nueva de viviendas. Esas inmensas paredes de un amarillo suave frío contrastan con la capacidad artística de Happiness o del propio Evaristo y eso me rechina por dentro. Me los imagino con bidones inmensos de pinturas de mil colores, entregados a murales en los que plasmar sus sueños, y no sé ni por donde empezar. 

Pero en una África rural dura, la estructura de este edificio y los ventiladores del techo proporcionan un refugio razonable del calor y la humedad. El lugar está limpio y cuidado, y lo empezamos a sentir como una casa en la que vive una gran familia. A tenor de como se abrazan y se cuidan unos a otros, creo que así lo sienten. 


Es la primera vez que estoy en un orfanato, pero en mi cabeza siempre dibujaba un sitio desolador, donde niños vencidos a la tristeza sueñan con tener un padre, una madre, o una abuela, y miran hacia la luz de la puerta, esperando que alguien la abra y les saque de ese infierno. Imagino que habrá lugares espeluznantes, pero la realidad que nos ha tocado vivir en el Childrens Home de Help2kids es esperanzadora. Pienso que estos chicos son, por lo menos, más afortunados que otros, por ponerlo de alguna manera. Veo en la mayoría tranquilidad, cariño y hasta ambición de logro.

Esta mañana, Issa se esconde tras un muro, y construye un coche de carreras con viejos tapones de plástico, dos pilas y cinta aislante. Hasta ha unido varios cables viejos que consiguen encender dos luces rojas a modo de faro trasero. 

.- Es genial, ¿de donde has sacado la idea? 

.- De mi cabeza.

Una pelota de cinta aislante ennegrecida rueda por la baldosa. Issa pasa las páginas de su libro de ciencias una y otra vez. Es su única ventana de verdad al mundo, junto con su profesor de ciencias, sin opción de contraste que valga. 

.- Quiero ser ingeniero.

.- Que bueno. ¿Y qué opciones de carrera tiene un ingeniero en Dar Es Salaam? se me escapa.

Issa mira al suelo y alza los hombros, triste de que la pregunta le quede grande. 

Ya te vale, Leyre.

Toma su mochila de nuevo para guardar su libro de ciencias, y me enseña en silencio pero con orgullo su mundo más tangible, en forma de mil cachivaches que ha ido recolectando por la calle. Para diseñar los coches del futuro. 

Pienso en que me gustaría traerle toda pieza que pueda encontrando por mi camino, pero en el trajín de estos días de ida y vuelta al orfanato, no he sido capaz de dar con nada por la calle que sobre, realmente. 

Me han ido viniendo una y otra vez a la cabeza imágenes de los armarios de casa. Lo que daría por tenerlos cerca para tirar de ese trozo de celo, de esa plastilina vieja, de esa pelota algo deshinchada del garaje, que sería aquí capitán general. Ahora me vienen flashes hasta de esas cosas que acaban en la basura y las virguerías que haría Issa con ellas.


Había metido en la maleta un libro que os encanta de “los lugares más peligrosos del planeta” que trajo papá de algún viaje, donde se describen fallas, volcanes, corrientes submarinas o tormentas de arena del mundo. Todas las mañana el libro azul va en esa mochila y pasa en el orfanato de mano en mano de los chicos más tímidos, a los que les incomoda acoplarse a las actividades de grupo. Cuando veo en alguna esquina a algún chico solitario que apenas saluda, mirando al infinito sin tener nada que hacer ni esperarlo, saco el libro, lo dejo cerca suyo como que no quiere la cosa, y veo como tarda un suspiro en refugiarse en sus páginas.

Nos tiramos al suelo para hacer de lobo o pueblo, según la carta que te toque, de un juego que ha traído Nathalie en el que por la noche cuando duerme el pueblo, el lobo sale a matar. Los chavales se van acoplando poco a poco, van y vienen. Nosotras comenzamos siempre cualquier actividad solas, les despertamos la curiosidad y les invitamos sutilmente a unirse. El viernes por la mañana me encuentro una bonita escena al llegar, Nathalie se ha desentendido ya del juego que ella al principio lideraba, ella juega ya en una esquina a las cartas con un chico, y vosotras sois parte de un círculo que ya funciona solo, primero contigo Maite como líder, hasta que le cedes las riendas a Issa. Es la primera vez que oigo su voz a todo pulmón, me encanta verle brillar y sentirse grande.



Pienso en cómo conseguir que lo que hagamos estos días con ellos permanezca cuando nos vayamos. Esa es la tecla a tocar al fin y al cabo. Cuando nos vayamos vendrán otros, que harán cosas distintas, y distintas ideas irán nutriendo ojalá ideas propias, pero qué difícil es sembrar y enseñar a regar para que crezca un árbol cuando te hayas marchado. El gran reto de la cooperación me imagino.    

Happiness enrolla una serpiente medio invisible en un manzano que dibuja junto a ti, Maite. Una serpiente en un árbol, igual nunca se te hubiera ocurrido antes de este viaje, pero estoy segura de que, con todo lo que te gusta dibujar árboles, aparecerá en alguno de ellos cuando hayas regresado y tu cabecita vuele a ratos a este rincón del mundo.



Teníamos ya controlada la rutina de nuestro pequeño grupo, cuando llegamos el viernes con dos mochilas llenas de ideas y algunos materiales, para encontramos por primera vez con el grupo completo de chicos, bastante revolucionado. Hoy es fiesta en Tanzania, los que han tenido colegio esta semana están de vuelta, y además se preparan una visita especial, un grupo de la Universidad de Dar es Salam.

.- ¡Qué suerte! Nos encantaría acompañarlos, le pido a Mama Lea.

.- Claro, aquí estamos todos juntos en esto, - responde, con cariño.

Llegan los visitantes, y varios chicos merodean en el porche de la entrada. Saludan a los niños, entre ellos a dos hermanas con albinismo. Uno de los visitantes se acerca a ti Maite, quizás algo confundido de tu rol viéndote niña y blanca. Veo que le estrechas la mano, como has aprendido hacer estos días.

.- Hello, my name is Maite and I am a volunteer here.

 Observo el aplomo en tu presentación, suavizado con tu sonrisa y tu mirada risueña, y me derrito sin que se me note.


Nos pide Mama Lea que juntemos a los chicos en la parte baja de la residencia, un patio gigante con tejado de bambú y vistas a una frondosa selva que nos separa del mar al fondo. La vista es tan perfecta que parece ficticia. 

Cuando llegamos Nathalie y yo, vosotras estáis ya sentadas con los chicos en distintos grupos. Julia, te veo cuchicheando con las chicas, todas mayores que tú, con una seguridad inusual. Maite, estás sentada encima de Happiness mientras ella dibuja formas en tu espalda para que las adivines. Parecéis uno de ellos, si no fuera porque a veces me llamáis mamá. 

Nunca me había parado a pensarlo, pero aquí, cada vez que me buscáis entre la gente, se me encoge el corazón de pensar en vuestro pequeño privilegio, que no debería serlo.

Cuando yo esperaba poco menos que una pequeña presentación de las distintas opciones de carreras universitarias en Dar, nos encontramos con una agenda sin prisa, enclenque y a trompicones. Nadie sabe muy bien qué hacer, o así lo parece. Los chicos esperan, sin esperar nada. Los visitantes se miran unos a los otros y exhiben una sonrisa tímida de inseguridad. El líder se acerca a mi, y me pregunta cómo queremos organizar las presentaciones.

.- Yo... esto... si es que... acabo de llegar también... ¿igual mama Lea?

Mama Lea no está ni se le espera. Veo que necesita mi aprobación dentro de un proceso formal arraigado en la cultura.

.- Adelante, podéis empezar. - me invento mi autoridad. 

Una ronda eterna de presentaciones, donde todos sin excepción, niños y mayores, hablan para los cuellos de su camisa, me hace pensar en el contraste de occidente con nuestra necesidad de proyectar la voz y exhibir seguridad a través de la presencia corporal. Me pregunto qué pensarán de nosotros.



Empiezo a caer en que el baile sustituye aquí el discurso conceptual. Igual para tener la inspiración de pisar algún día esa universidad, no necesitan aburridas presentaciones, sino sobre todo conectar a través de la música. Una mujer que cumple hoy los años saca a bailar uno a uno a los chavales y sigue los pasos que ellos proponen. Veo la timidez brillar a través de pasos tribales. Maite, les ofreces un baile latino, al que Nathalie, la cumpleañera y yo te acompañamos. Cantamos el cumpleaños feliz en Swahili y comemos tarta, que la chica corta para ofrecer su primer trozo a la amiga que elige. Os ponéis en fila para recibir un pequeño trozo sostenido con un palillo a la boca directamente, como una comunión sagrada. Sin platos, cucharas ni servilletas, cincuenta comensales comparten tarta a palillo por cabeza. Qué complicadas hacemos las cosas en occidente.

Julia te has ganado tu chupa chups en un concurso de pregunta respuesta. De preguntas como, "como se deletrea Barcelona" o "qué pregunta le harías a un animal", te has animado a contestar:

.- ¿Qué cerrarías, tus ojos o tu boca?

.- Mis ojos.

Audiencia perpleja.

.- ¿Porqué?

.- ¿Porque necesito la boca para respirar? casi ni te atreves a compartir tu razonamiento, que va también, a los cuellos de tu camisa.

Carcajada generalizada.

Todavía le estoy dando vueltas al tema.

De vuelta a casa, William nuestro taxista, ha perfilado con una navaja en el plástico tintado en su ventana el logo de Apple antes del mordisco. En las dos ventanas y en la del maletero.

.- ¡Es brillante! le reconozco. ¿Te importa que saque una foto?

.- Claro, mejor a mi ventana, que es la manzana que mejor me ha quedado de las tres.

Se puede no tener iPad en la vida, pero siempre puedes ser un crack.



Esta tarde papi ha ido a buscar la cena para tomarla en la piscina del Azura mientras acaba un informe con Ana. Nosotros nos elegimos comida india por recomendación suya, y para evitar tanto picante, os decantáis por el plato nacional por excelencia, pollo callejero a la parrilla con patatas fritas.

Papi se topa en plena calle con dos muslos de pollo desolado sobre una parrilla vieja y busca apoyo en la decisión.

.- Este es el pollo de las niñas, - me adjunta una foto al whatsapp y se ahorra el descriptivo.

Yo, desde la piscina, tragando saliva.

.- ¿Cómo lo ves? 

Él, sin remilgos.

.- Bien. El fuego se lo come todo.

Hoy vuestras defensas han hecho músculo. Habéis cenado un pollo callejero solitario, tan ricamente. 



.- Mama, me gusta mucho África, - me has dicho, simplificando,  desde dentro de tu mosquitera hoy al irte a dormir.

Me alegro que lo pongas así de sencillo, me da ánimo para seguir esta pequeña locura.




Wednesday, April 17, 2019

Kunduchi





Día 5.

.- Julia, te acabas de comer una hormiga.

.- No importa, Maite, es proteína.

Viniendo de la Srta. Hacendado, progresa adecuadamente en esto de la aventura africana.

Hoy os habéis asomado por primera vez a la pobreza. A esa que aterriza en alguna conversación de cena un martes cualquiera en Madrid, cuando despreciáis un plato de comida u os hacéis las remolonas para ir a la ducha. Cuando hablábamos de los niños en África. Como un ente abstracto o una amenaza en el aire.

Hoy habéis visto suciedad, habéis sentido un pueblo ahogado y adormecido por el calor, sin tregua y en nebulosa. Habéis visto el pescado podrido vencido a las moscas, los gatos con ojos enfermos, las gallinas desplumadas, los niños con la cara sucia de mocos ya secos, y la barriga hinchada de harina y agua. Esperando ver pasar la vida. Como mucho aprendiendo el oficio de sus padres. Sin horizonte más allá del tejado de chapa de su chabola. Tela marinera.



Kunduchi es un pueblo pesquero al norte de Dar es Salaam, donde la ONG apoya a una escuela infantil con niños de cuatro a siete años. Quedamos con Erik que daremos sobre todo apoyo al orfanato, y la última semana seguramente al colegio, pero que sería interesante conocer el proyecto de Kundutchi por un día, el pueblo de los niños de las cabecitas que no se tocan.

Hassan nos recibe a primera hora, agradecido con la visita y orgulloso de su trabajo en la pequeña escuela. Maestro por las mañanas, vendedor ambulante de galletas por las tardes, nos cede el protagonismo con los chicos según llegamos.



Me pide, nada más sentarnos en corros a hacer unos puzzles, que le deje mi teléfono para sacar fotos. Yo que me había propuesto no hacerlo, agradezco, como no, tenerlas para el recuerdo. La verdad es que me pregunto por qué lo hace, si es por satisfacernos, o por que demos visibilidad a su escuela. Igual lo ha hecho para que, de todo lo que hemos visto hoy, nos quedemos con estas instantáneas, donde sólo hay sonrisas, magia, abrazos.

Hemos tenido momentos simpáticos de poses, peticiones de "¡selfie-selfie!" de niños irremediablemente contagiados por las visitas de occidente, pero lo hemos vivido con tanta intensidad que todavía lo estamos digiriendo.



Hasta tú, Julia, que llevabas feliz colgada al hombro una bolsita de tela con viejos juguetes donados por tus amigas "para los niños de Tanzania", no has visto el momento y te aferras a ella.

.- Mami, he pensado que quiero llevárselos a Angelina mañana al orfanato, que no tiene juguetes y los va a cuidar mejor.

Yo sigo con el corazón en un puño.

.- Lo que tú quieras, preciosa.



La escuela es una pequeña chabola con tres clases separadas, una por una pared de hormigón y dos por un encerado, que se utiliza por las dos caras, una para cada clase. Los maestros permanecen sentados en su pupitre alto, que ensalza su figura de autoridad. Hassan nos presenta a Wisdom, la profesora de los más pequeños, que me imagino habrá elegido su nombre para enfatizar su sabiduría a ojos de los niños.

Wisdom es una pequeña réplica de Isabel Preysler, de tez morena y delicada, ojos achinados, cuerpo esbelto, ensalzado en un elegante vestido negro. Nos explicaba Eric que los profesores aquí están tan orgullosos de su trabajo que visten sus mejores galas para desempeñarlo. Hasta en la escuela de Kunduchi, que tiene a sus puertas el olor impertérrito de la pobreza a pesar de sus vistas al mar.



Me quedo triste viendo a Wisdom. La veo frágil y altiva a la vez. Marcando las distancias. Erguida en su silla de maestra. Dosificando la energía. Regocijándose en el poder que le otorga su rol. Hassan en cambio es cercano con nosotros, jovial con sus proveedores de galletas que conoceremos por la tarde, pero autoritario con sus niños también. No puedo evitar dejar caer un par de ideas sobre la disciplina positiva en nuestra conversación, Hassan escucha y ojalá anote por dentro. Le hablo de la cultura del reconocimiento, y hasta me arriesgo a tomarle el dorso de la mano para hacerle sentir el efecto de un sello imaginario, como recompensa sobre algún logro. Respiro hondo y me lo tomo ligero, para variar, que estoy lejos de casa.



Es hora de comer, y los niños hacen fila para lavarse las manos. Nathalie les da jabón, vosotras les aclaráis con una jarra de agua que rellenáis de un bidón grande de plástico. Lo hacéis con esmero, preocupadas de no derrochar agua. Os sentís útiles. Es un bonito momento. A vuestras espaldas los niños se van sentado a beber su porridge, un cereal marrón de aspecto triste en viejas tazas de plástico de colores, que toman todos los días como único almuerzo. Todos se lo acaban, sin gula y sin pega. Se lo toman. Punto. Para llenar su estómago. Ese de los cordones umbilicales imposibles que has apreciado, Maite, debajo de las camisas.



No sé si habéis visto lo mismo que yo en el paseo de hoy por Kundutchi al acabar el colegio. Casi espero que no, que vuestros ojos de niñas os protejan de una realidad tan cruda, que ya habrá tiempo.

En el bajaj de vuelta, Maite, con el viento en la cara, miras a lo lejos por la ventana, pensativa. Espero alguna reflexión tuya del día que acabamos de vivir, de esas que me barren.

.- Mami, el día que lleguemos a Madrid, ¿puedo comerme una chuleta?

Julia, buscando tu hueco:

.- ¿Y yo una gamba?

Miro el campo verde del otro lado de la carretera, un paisano duerme bajo el árbol.

.- Claro.

Gracias Kunduchi por abrirnos las puertas. Volveremos, le he prometido a Hassan que regresaremos una tarde a acompañar a los pescadores en sus clases de inglés. De momento hoy dejamos atrás esta dura realidad estanca, agradecidas de haber revuelto por dentro nuestras propias vidas.


Monday, April 15, 2019

Happiness


Día 4

Hoy nos quedamos con la palabra y si acaso con esta instantánea con vosotras en el bajaj de camino al Friendly Gecko, la casa de la organización suiza con la que venimos a colaborar, Help2kids.

Julia te has levantado torcida y pienso que igual no tienes tanta gana de ir a pasar calor por poblados perdidos después del día de ayer en el paraíso. Nosotros tres hemos madrugado y acabado de desayunar cuando abres el ojo y tuerces el morro, así que tiro de la magia Hacendado y te ofrezco un preciado osito Lulú que consigue, menos mal, levantarte el ánimo.

Es el primer día que las chicas nos tenemos que buscar la vida en Tanzania por nuestra cuenta. Sin Swahili. A ver cómo me peleo yo con el mundo. Trago saliva y nos despedimos de papá en el bajaje a la puerta de casa. Tomamos carretera hacia el norte hasta desviarnos por un camino de baches y tierra rojiza. Llegamos por fin a nuestro destino, gracias a un lugareño que, viéndonos a las tres, tiene claro a donde podemos ir.  Le da indicaciones a nuestro conductor, que no habla una palabra de inglés y por fin sonríe cuando le pregunto por sus hijos y nos enseña en su móvil una foto de un bebé pepón de seis meses.

En el Friendly Gecko, nos recibe Erik, un francés con deje americano después de un tiempo en una granja en Connecticut. Allí se presenta también Nathalie, una suiza jovencita de ojos saltones y pelo rubio rizado que se ha tomado un año sabático y ha aterrizado por aquí. Está sola en la casa estos días, así que agradece nuestra presencia. Nathalie es prudente, tiene una sonrisa generosa, y me da tranquilidad que nos acompañe en nuestro primer día.

Erik, como coordinador de voluntarios, nos reúne para contarnos más detalles sobre los proyectos con los que colaboran y darnos algunas pautas. La hora se os hace larga y aburrida como un libro de instrucciones, de esos de letra pequeña en varios idiomas. Julia, de pie delante del ventilador, has pasado el rato a lo Marilyn. Solo te has volteado en la parte de lo que no hay que hacer, ahí siempre estás atenta para no sobrepasar los límites.

.- Kundutchi es un poblado muy pobre y los niños de la escuela tienen muchas infecciones en la piel, que no son graves, pero que sus familias no tienen los medios de curar. No vais a poder evitar que se os tiren encima pero intentad manejar el contacto físico, y evitar, si podéis, tocarles en la cabeza.

.- ¿No les vamos a poder tocar la cabecita? reaccionas Julia entre la decepción y la intriga.

Me viene la vena de madre y pienso en los posibles riesgos para vosotras, pero entre el miedo y la oportunidad, elijo lo segundo.

.- Nunca hagáis fotos, por favor, sin permiso de los propios niños y la "mama" del lugar, nos pide Erik. Y lo mismo para cualquier "moda" africana. Si decidís haceros trencitas en el pelo, por favor entended antes lo que significa para ellos, al fin y al cabo son cinco o seis horas de peluquería, - añade con sorna - aprovechadlas para acercaros a ellos y entender qué impacto tiene en su cultura ver a un blanco con trenzas africanas.

Ni siquiera lo había pensado, pero me revuelve cuando oigo que colaborar en África sea hoy una moda.

Recuerdo haber leído hace poco sobre un tema al que era ajena, y es la manipulación en la era Instagram del impacto de imágenes de niños negritos en brazos, exhibidos con el fin de alimentar egos. Quien realmente está queriendo transformar este continente está un poco harto del blanco de tintes heroicos a través de unas vacaciones de voluntariado, y lo entiendo.

Y yo me siento incómoda en cómo manejar esto, porque si algo sé, es que unas pocas semanas aquí, por mucho que nos entreguemos en cuerpo y alma, servirá de poquito. El impacto que podemos tener en las vidas de estos chicos en tan poco espacio de tiempo es ínfimo. Tú te vuelves, y ellos se quedan. A veces es hasta peor que hayas venido.

Pero luego pienso que mejor estar aquí que no hacer nada, digo yo, así que nos lo tomamos con humildad y como oportunidad de exploración. Y lo que salga de aquí, que sea un regalo para todos.

De los tres proyectos de la zona, el colegio Bajeviro está cerrado por Semana Santa hasta nuestra última semana, y el jardín de infancia cierra este jueves también hasta que regresamos, así que tiene sentido que pasemos la mayor parte del tiempo en el orfanato. Soy algo escéptica con esta opción, porque la mayoría de los niños tienen entre 10 a 16 años y no tengo claro cómo vais a encajar ahí. Pero si es allí donde más podemos aportar, allá vamos.

Tomamos desde el Friendly Gecko un coche con Nathalie hasta el edificio de hormigón blanco que alberga el orfanato. Desde la zona de estudio en el piso de arriba, los chicos pueden ver el mar entre rejas en rombos mientras estudian.

.- Qué suerte, estas vistas - les diré luego, con torpeza.

Silencio.

Son 32 niños traídos de distintos orfanatos de Tanzania, de entre 2 y 22 años. Habíamos entrado un poquito aterradas sin saber qué esperar, pero ellos nos reciben tranquilos, seguramente habituados al trasiego de voluntarios, simplemente curiosos, sin esperar demasiado. Pero les pueden sus ganas de distraerse de su cuaderno marrón ya manoseado.

Angelina, una pequeñita pizpireta de pelo corto y mirada larga, muy larga para sus dos años, no se separa de ti, Julia según llegas. Veo que te haces hueco en una mesa de estudio con Nathalie, con Angelina siempre contigo y otros niños con los que dibujas y charlas. Pasan las horas, te miro de reojo, y me encanta verte autónoma.

Maite me sigues a una mesa con dos chicas de unos 16 años, de pelo rapado, a las que me acerco tímida. Happiness y Suzan cursan un equivalente a un Primero de Bachillerato y tienen cuerpo y ademanes de adolescentes. Suzan es brava, pregunta y comparte sin pudor. Tiene la mirada intensa y curiosa. Happiness esboza una sonrisa tímida y me reta desconfiada. Recuesta la cabeza sobre el cuaderno que está repasando, y se tapa la cara cada vez que me intereso por ella.

Les pregunto qué están estudiando, y me abren el cuaderno en la lección de "Life skills", habilidades para la vida. ¿En serio? Me encanta. Y ahí empiezan a recitarme definiciones monótonas de "habilidades para la vida" y de los elementos que las componen: conciencia propia, comunicación,...

Recitan y recitan abriendo traviesamente el cuaderno cuando se traban en alguna palabra.

.- ¿Y qué habilidades para la vida crees que tienes? le reto a Happiness.

.- ¿Tener yo? Querrás decir, tendré el día de mañana.

.- Pues yo te veo una ahora mismo.

Happiness hace un gesto de, anda ya. Y recuesta la cabeza de nuevo como derrotada.

.- Esa sonrisa que tienes es una habilidad que lo mismo te lleva lejos.

Happiness cambia de tema y te pilla desprevenida, Maite:

.- Y tú, ¿cual es tu sueño?

Y tú, Maite, pones cara de, ésta no me la sé.

Yo, sorprendida de que enmudezcas. Lo dejo para luego.

.- Yo quiero ser azafata de vuelo, retoma Happiness. Para ayudar a las personas a que vuelen de un país a otro, de manera segura.

Bonita misión, sí señora.

Poco a poco tenemos diez niños alrededor de una mesa, muchas preguntas y poco material. Nos preguntan por los husos horarios, así que dibujamos un improvisado mapa del mundo donde me avergüenzo de dejar Africa demasiado pequeña sin querer.

Me preguntan por Trump y aunque me han pedido en nuestra reunión mañanera que no nos posicionemos ni política ni religiosamente, no puedo ocultar una mueca de desagrado.

.- A nadie que viene aquí le gusta Trump - dice Suzan con tono de curiosidad.

Happiness regresa por detrás con un diccionario y me lo abre en la H para mostrarme la palabra "hostess" y recorrer con su dedo índice su significado, insistiendo en su sueño y afanándose en que no se lo quite nadie.

.- ¿En qué trabajas? me pregunta.

-. Intento buscar personas que hacen falta para trabajos y ayudo a personas a encontrar trabajo.

.- ¿Tendrás un trabajo para mí cuando acabe de estudiar? me pregunta no sin cierta apatía y escepticismo.

Ojalá.

Aquí en esta mesa, se me ocurren decenas de materiales que me hubiera gustado traer de casa para hacer con ellos, ese puzzle del mundo, o esas barajas de cartas que andan por casa y nadie las toca.

Antes de irnos le he preguntado a Happiness si hay algo especial que le apetezca que hagamos el próximo día.

.- Pulseras, podríamos hacer pulseras.

Porque los demás niños se han marchado en estampida a comer, pero Happiness se queda rondándonos hasta el final, sigue desconfiada irremediablemente, pero busca algo que todavía no alcanzo a adivinar.

Y pienso en esa cajita con hilos y mil piedrecitas de colores y formas y letras para hacer pulseras, que lleva meses abandonada en una estantería de vuestra habitación. La cajita de Happiness y nosotras sin saberlo.

Dejamos el orfanato atrás entre los caminos de tierra para acercarnos a pie a la carretera principal, desde la que tomar un coche que nos devuelva a casa. La humedad, el calor del mediodía, y el intenso tráfico, ya en una zona transitada, tienen poca compasión con vuestra niñez occidental.

Julia, veo tu cara derrotada de cansancio, tus gotas de sudor caer por la mejilla y toco tu espalda empapada bajo el vestido, mientras nuestro Uber da vueltas en el mapa y no acaba de llegar. Pienso que, este momento, del que yo misma tengo poco ancho de banda, me lo vas a recordar en alguna ocasión.

De vuelta a casa, repasamos, como cada tarde, el mejor y el peor momento del día. Ahora te toca, Julia.

.- Lo mejor, que los niños, aunque eran mayores, han querido jugar con nosotras.

.- ¿Y lo peor? - te pregunto, preparándome para tu disgusto por haberte puesto un poco al límite de regreso a casa.

.- Lo peor, que esta mañana no me habíais esperado nadie a desayunar cuando me he despertado. Por eso estaba enfadada.

Manda narices.

PD. Tito ha vuelto.








Sunday, April 14, 2019

Mbudya y el paraíso a dos ruedas


Día 3

Once años faltan para que cumplas 18 Julia y podamos seguir los pasos de Germán. Esos son 62 y 56 de los nuestros, tela.

Hoy domingo, entre arena fina blanca y aguas cristalinas de la isla de Mbudya, en el archipiélago de Zanzíbar, hemos viajado en nuestras cabecitas por todos los rincones del mapa con Germán, un argentino que lleva ocho años dando la vuelta al mundo en su motocicleta.

Estábamos todavía sentados en el barco que nos acercaría a la isla desde la península, Morena, Ana, Sunday y nosotros cuatro, cuando se ha subido en el último momento Germán, que nos ha oído hablar español. Y claro, hemos tirado del, qué te trae por aquí.

.- Ay, de vuelta al mundo, que guay.
.- ¿En moto? 😳 Guau. ¿Y cuánto tiempo llevas?
.- 8 años.
.- ¿Perdona?

Lo primero que me viene a la cabeza es cómo se financia uno eso, pero nos hemos conocido hace dos minutos exactos, así que reviso mejor mi repertorio de preguntas menos arriesgadas.

.- ¿ Con cuanto tiempo lo preparaste antes de marchar?
.- 30 años. Pasé 30 años de mi vida planeando este proyecto.

Touchée.


Ocho años en motocicleta, con su mujer Claudia, que ha volado a Argentina para el nacimiento de su primer nieto y regresará en breve para seguir el viaje juntos. Años que dan para unas cuantas historias, de fronteras imposibles, de papeleos farragosos, de accidentes en la selva del Amazonas o de escayolas improvisadas en el desierto australiano con dos ramas y una botella de coca-cola.

.- Esperamos a que el pequeño de nuestros tres hijos cumpliera los 18 años y salimos de Ushuaia a Alaska. Claudia se despertó una mañana en Bolivia apenas habíamos salida de casa diciendo, ¿pero qué estamos haciendo? ¡Nos necesitan, regresemos con los chicos! Pero un día, la mediana, que es la administradora de la "plata", dijo, hermanos, llegó la factura de la luz, tenemos que hacernos cargo. Y el pequeño dijo, ah pero, esto de la luz, ¿hay que pagarlo?

Y ahí pensaron que, seguir rumbo a Alaska en su motocicleta, y de ahí saltar océanos, era otra manera de hacerse cargo de los chicos.



Germán habla de sus aventuras en carretera con la misma armonía con la que habla del arraigo a su familia. Es listo, intrépido, y disfrutón, después de tantos años le sigue fascinando cada regalo de la naturaleza y cada nuevo encuentro. Tiene tan los pies en la tierra que hace más meritoria su hazaña si cabe. Un segundo está relatando un episodio de arresto en la selva, el siguiente exhibe orgulloso una foto de su nieto. Y mira a Morena con ojos tiernos de abuelo.


Ajenas a las proezas de Germán, solo conseguiréis aterrizar su aventura cuando os subís al final del día a su BMW, ante sus maletas tatuadas con pegatinas de todos los países que ha recorrido hasta ahora. Os quedáis como siempre en las pequeñas cosas del momento, huyendo de un cangrejo blanco gigante que os mira de reojo entre la arena, buscando con papá peces que no se dejan ver, dando botes en el maletero del coche de Ana o comiendo pescado a la parrilla con las manos.



.- Maite, vete a lavarte las manos al agua, mira cómo las tienes.

.- Que no, mami, ¡que me voy a chupar tooodos los dedos!

Comentamos con Germán, Sunday y Ana el placer de comer con las manos.

.- ¿Y entonces por qué en casa nos insistís tanto con los cubiertos?



Os hablo del baobab que habíais visto en cuentos y que aquí en Mbudya nos observa imponente mientras nos bañamos en el mar.

.- Chicas, tener un baobab aquí, en una isla paradisíaca, es un regalo de África - insisto, poniendo en valor la oportunidad única de estar aquí hoy, por si os da por pensar que esto es el pan nuestro de cada día.

.- De los días de cole que vamos a perder, ¿podemos pasarlos todos aquí?

Yo estoy por colgar la hamaca de una rama del baobab y saltarme lo que queda de curso.



Esta noche en Azura, nuestra residencia, hay una celebración de boda. Él cristiano, ella musulmana, como buena representación de las dos religiones del país. Un estridente escenario sobrecargado de flores con tronos blancos rimbombantes para los novios preside la disposición de mesas redondas con mantel rosa de brilli brilli, invadidas por un dron que se pasea por las cabezas de los invitados.

Un animador del cotarro se encarga micrófono en mano de amenizar durante horas y horas con cierta parsimonia a los comensales que apenas hablan entre ellos, y hasta acerca el micro a la afortunada que recibe el ramo - yo pensando, ya verás, todavía le entrevista el tío!


Un grupo de invitados sale al escenario a ofrecer un baile a los novios, con pasos en línea repetidos en las cuatro direcciones al puro estilo "Saturday night" de los noventa. Tres hermanos espigados de pantalón negro estrecho, camisa blanca y pajarita mueven el culo en pompa con la gracia que les da la raza.

.- Maite, hija, una persona negra siempre nos dará mil vueltas bailando, lo llevan en la sangre.
.- Oye, mami-, con tono de, no seas así y me quieras cortar las alas.

Como colofón de un día magnifico en la isla, observamos la eterna celebración agazapados detrás de la mesa de mezclas del DJ, para que no se nos vea en la oscuridad, como niños hambrientos que no han sido invitados a un ágape.


Y no, hambre no pasamos porque tenemos en casa una nevera última generación y una mini cocina humilde. Eso sí, la nevera funciona hasta que se agota la electricidad que hemos cargado en nuestro bungaló - esto va como el ticket de aquellos parkings callejeros antiguos que se quedan a cero y salta la banderita roja, y ayer nos quedamos a oscuras. Por cierto, tal y como nos pasó en el aeropuerto recién llegados. Sí, el aeropuerto, a oscuras unos minutillos, aquí paz y después gloria. La cocina es más bien territorio de las hormigas-amigas, ayer contamos una familia de cientos explorando el interior de una barra de pan olvidada en un armario.

Aquí el género es escaso y poco variado, así que la comida toma una dimensión de otro planeta. Hasta hemos contado las lonchas de un paquete de paleta de jabugo envasado al vacío que ha llegado en una maleta, y las hemos dividido por los días de estancia.

.- Yo lo dividiría entre dos primero y le dejaba la mitad a papi para el mes que le queda cuando nos vayamos.

Maite, te como.

Y suerte, Germán, nos vemos en 11 años... o antes, ¿no?